La piratería clásica y los tatuajes de anclas o timones siempre han ido de la mano. Marcarse el cuerpo de forma indeleble se asoció durante mucho tiempo a ellos, además de a soldados y mercenarios o a presos comunes. Pero a finales del XIX y durante el cambio de siglo, los tatuajes salieron de ese ambiente patibulario y se introdujeron también en la alta sociedad.
Contribuyeron a ello nueva técnicas, como la primera tatuadora mecánica, nacida del hackeo de un bolígrafo eléctrico patentado por Thomas Alva Edison en 1876. Un militar y ex convicto de nombre Samuel O´Reilly le añadió al invento varias agujas y un depósito de tinta y revolucionó con ello las posibilidades del tatuaje.
El proceso se volvió más rápido, más preciso y menos doloroso; aparecieron los primeros artistas de la aguja y la práctica se hizo popular más allá de la marinería.

Esas nuevas tatuadoras eléctricas y la moda de ilustrarse el cuerpo cruzaron el Atlántico. En Londres, Sutherland Macdonald abrió al público un estudio de tatuajes que conquistó a la gente guay de la ciudad con sus elaborados y hermosos diseños.
Damas de alta alcurnia, políticos e incluso la realeza, desde el príncipe de Gales hasta otras casas europeas, se rindieron a sus dragones, serpientes, ángeles alados o motivos florales, que adornaron los bíceps y espaldas de la gente con posibles.
Cuentan que el furor conquistó también a los Borbones. Lo de que Alfonso XIII llevaba alguno oculto bajo la ropa parece ser solo leyenda, pero Juan de Borbón lucía sin recato los suyos, curiosamente en una vuelta a los motivos marineros originales.





