Carta excéntrica

A la caza del Titanic (y otras leyendas)

Con apenas once años y espoleado por su abuelo adoptivo, Jack Grimm se buscó un socio de correrías y compró cierta cantidad de dinamita para desenterrar, a base de fuerza bruta, supuestos tesoros ocultos en el lecho de un río de Oklahoma.

Sin pensárselo mucho, con más ilusión que conocimiento y con el azar como guía, el resultado se redujo al hallazgo de algunas viejas puntas de flecha. Jack no podía saberlo entonces, la década de los treinta del pasado siglo, pero todas sus exploraciones posteriores tendrían las mismas características (la confianza ciega, el entusiasmo, la fe en la buena fortuna) que aquella primera aventura infantil.

Y un final parecido.

Ya adulto, licenciado como geólogo y tras decenas de intentos fallidos por encontrar petróleo en su tierra natal, la suerte quiso recompensar el optimismo de Grimm con el hallazgo de un pozo viable al que seguirían varios mas cuando decidió trasladarse con su familia a Abilene, Texas. Se hizo rico con la extracción del oro negro y podría haber dedicado esa fortuna a diversificar inversiones o disfrutar de una plácida existencia, pero le pudieron las ganas de aventura.

Señor disfrazado de gorila en el famoso avistamiento de un Big Foot por Roger Patterson y Bob Gimlin en 1967,. Bluff Creek, California.

Y un poco también su carácter excéntrico, porque los proyectos en los que se embarcó fueron siempre peculiares. Aunque no hay mucha información al respecto, se cuenta que comenzó su carrera como mecenas de retos imposibles financiando en 1977 los gastos de dos fotógrafos (Gerald Ewing y Mark Allred) cuyo empeño era localizar en Canadá a un Big Foot, la enorme y esquiva criatura semihumana que, con cierta frecuencia, era supuestamente avistada en los bosques de la Columbia Británica.

La criptozoología le cautivó durante los setenta, años en los que dedicó recursos a intentar dar, por ejemplo, con una mítica criatura de la que hablaban leyendas locales. Conocido como Gran Pájaro, algunos testimonios lo situaban en Big Bend, un Parque Nacional fronterizo con México. El tema estaba de actualidad, porque en esa misma zona se localizaron desde 1971 varios registros fósiles de Quetzalcoatlus, un pterosaurio gigante.

También se metió en fregados como dar en Nepal con el Hombre las Nieves o con el monstruo del Lago Ness en Escocia. Como puedes imaginar, sin ningún resultado al margen de hacerse bastante popular gracias a aquellas aventuras.

Aún más cobertura mediática logró otro de sus proyectos: encontrar el barco con el que Noé capeó el diluvio para encallar en las faldas del monte Ararat. Tras tres expediciones a Turquía, regresó sin más souvenir que una talla de madera de roble de la que nunca se deshizo, persuadido (sin ningún soporte científico) de que era una prueba de la existencia del Arca.

Pero su mayor empresa, la que le ha reservado un modesto hueco en la historia de las exploraciones del siglo XX, fue el repetido intento de dar con los restos del Titanic.

Foto: Abilene Reporter-News.

La primera tentativa tuvo lugar en 1980 y no escatimó esfuerzos. Además de la aportación de su bolsillo, recaudó fondos entre otros potentados, de forma especial en el círculo de ricachones con quienes compartía otra de sus aficiones: el póquer. Negoció acuerdos con un par de instituciones científicas de renombre, lo que daba una pátina extra de seriedad al asunto, y propuso un comité de tres expertos encargados de la tarea más compleja: localizar el pecio.

Dos de ellos eran reputados hombres de ciencia. Con el tercero, en cambio, llegó la discordia y el asombro. Porque Grimm quiso incluir en la terna a un chimpancé de nombre Titán a quien se confiaría el cometido de sentarse ante el mapa del Océano Atlántico y señalar (confiando en su intuición) el lugar exacto del naufragio.

Ante las protestas de los otros integrantes del comité, Titán finalmente se quedó en tierra pese a que, como recordaba Jack Grimm, congéneres suyos habían sido capaces, por mero azar, de hacer apuestas más rentables en la Bolsa que muchas agencias de inversión.

Para la vertiente tecnológica, pagó el desarrollo de un nuevo tipo de sónar y, como herramienta de marketing, contrató nada menos que a Orson Welles para que pusiera voz a un documental sobre el proyecto.

Fotograma del documental In Search of Titanic.

El sonar Sea MARC que Grimm utilizó en 1980 pasó justo encima del Titanic sin detectarlo y un modelo aún más avanzado, utilizado en la tentativa de 1981, estuvo de nuevo apenas a una milla y media del naufragio. De allí volvió con una imprecisa imagen que para Grimm (y solo para él) era claramente un ancla del transatlántico perdido.

Poco después, fue el oceanógrafo Robert Ballard quien el 1 de septiembre de 1985 descubrió los restos del RMS Titanic a más de 3.800 metros de profundidad en el Atlántico Norte.

Pero la derrota es esa competición no desanimó a Grimm. Tan solo le hizo girar la brújula en una dirección diferente. En sus últimos años soñaba con armar otra expedición, esta vez para localizar la Atlántida, y también se embarcó en un plan para esculpir una imagen de 12 metros de alto (la cabeza de un búfalo o la de algún presidente, como las que adornan el Monte Rushmore) en las rocas de Buffalo Gap, un paraje montañoso apenas a veinte minutos de Abilene.

Jack Grimm murió en 1998 sin haber culminado ninguno de sus proyectos. Puntas de flecha, un pedazo de madera y una borrosa fotografía pueden parecer escaso botín para treinta años de aventuras, pero todo indica que disfrutó de lo lindo en el camino.