Hay un entramado de hilos que conectan a tres mujeres nacidas en dos siglos y dos extremos del mundo distintos. Las tres se refugiaron (más o menos voluntariamente) en un convento, aunque lo convirtieron en otra cosa: laboratorio, cocina, biblioteca, asesoría política y hasta agencia de viajes. Las tres tuvieron que mostrarse humildes para que les perdonaran su genio; las tres escribieron pese a la amenaza de la censura y las tres se leyeron en cadena.

La primera es Teresa de Jesús, nacida con el estigma de que la Inquisición toledana hubiera pillado a su abuelo paterno judaizando en secreto. La penitencia impuesta fue recorrer durante siete viernes las iglesias de Toledo vestido con el sambenito. Aquella humillación provocó que la familia cambiara de ciudad y de apellido.
A pesar de su origen, o quizás por ello, Teresa sintió la llamada de la fe cristiana, tomó los hábitos y se lanzó a fundar conventos como si no hubiera un mañana, a tener experiencias místicas y a dejar por escrito detallada cuenta de todo ello. A lo mejor para adelantarse a posibles críticas a su desparpajo teológico, se presentaba como una “mujer ignorante y ruin”, lo que viene a ser poner la venda antes que la herida.
Y es que la Inquisición la vigilaba tanto por su origen converso como por sus visiones, susceptibles de ser tachadas de brujería. En 1575 se enemistó con la Princesa de Éboli, quien pretendía ingresar en uno de sus conventos pero sin renunciar a ningún lujo de su vida anterior. Tras el rifirrafe, denunció a Teresa ante el Santo Oficio y consiguió despertar su recelo y que mirara con lupa el manuscrito del Libro de la vida. Además tuvo que quemar ella misma un ejemplar de las Meditaciones sobre los Cantares porque su confesor no consideraba prudente que una mujer comentara textos bíblicos.
Los escritos de Teresa se salvarían de la persecución gracias al rey Felipe II, con quien mantuvo correspondencia y tuvo buen entendimiento. A su muerte legó, además de la reforma religiosa y un cuerpo incorrupto y desperdigado, una poderosa influencia en otras muchas mujeres, como María de Ágreda, nuestro segundo eslabón.
La abadesa bilocada
María Coronel y Arana quiso ser monja desde pequeñita y pensó en las carmelitas descalzas como regla a la que someterse. Pero al final entró al convento con dieciséis años, en 1618, y sin tener que salir de casa. Su madre tuvo una visión en la que la Virgen conminaba a toda la familia a tomar los hábitos. El marido, por lo que sea, puso alguna objeción al principio, pero acabó marchándose con sus hijos varones para ingresar en la orden franciscana.
La mujer y sus hijas reformaron la casa donde vivían para transformarla en monasterio y María se convirtió, allí mismo y con solo veinticinco años, en abadesa de las Madres Concepcionistas de Ágreda. Nunca más cruzó la puerta del claustro. Mientras estaba despierta, quiero decir.

Porque en 1629, una delegación de indios jumanos apareció en la misión franciscana de Isleta, en el actual Nuevo México, solicitando sacerdotes para bautizarles. Los frailes preguntaron quién les había inculcado aquella idea y ellos contestaron que fue una joven vestida de azul que se les aparecía de noche y les hablaba de Dios. Cuando intentaron identificar a la misteriosa “Dama Azul” descubrieron que se referían a la joven abadesa de Soria.
El misionero fray Alonso de Benavides viajó hasta Ágreda para interrogarla y María le habló de sus bilocaciones, la experiencia de estar en dos lugares a la vez, en España de día y en Nuevo México durante el sueño, aunque ella lo llamaba exterioridad.
“Si fue ir o no real y verdaderamente con el cuerpo, no puedo yo asegurarlo. Yo dudo que fuera en cuerpo, por eso hablo en duda y recelando”.
María le dijo al perplejo misionero que ya se conocían, por haberle visto en América durante sus giras nocturnas, y le describió con mucho detalle gentes, poblados y costumbres. El fraile salió de allí confuso y la Inquisición abrió un proceso de ¡quince años! del que María salió sin cargos.
Mientras tanto se dedicaba a otras cosas. Entre 1643 y 1665 también mantuvo correspondencia con un rey, Felipe IV. Un diálogo por carta en el que le aconsejaba sobre política, le instaba a reformar las costumbres de la corte y, cuando hacía falta, le corregía con una franqueza que los cortesanos no se habrían atrevido a emplear.
De su pluma salió La mística ciudad de Dios, dos mil páginas dictadas supuestamente por la Virgen durante sus éxtasis. Y la escribió dos veces. Ella misma quemó la primera versión, presionada por un fraile que consideraba indecoroso que una mujer se metiera en jardines teológicos, como ya le pasó a Teresa. La segunda versión se publicó en 1670 y fue inicialmente prohibida por la Inquisición. El cuerpo de Sor María, también incorrupto, reposa en el convento de Ágreda y se puede visitar, por si quieres mostrarle tus respetos.
No hay dos sin tres
A muchos kilómetros de allí, unos nueve mil, en el convento de San Jerónimo de Ciudad de México, otra monja leía los escritos de la Dama Azul y tomaba notas. Sor Juana Inés de la Cruz había entrado al convento porque era la única institución del virreinato donde una mujer podía tener biblioteca, tiempo para leer y algo parecido a una vida intelectual.
Era, o eso decían, la persona más inteligente de la Nueva España. Hablaba latín, náhuatl y portugués, tocaba instrumentos y componía villancicos, escribía comedias y poesía filosófica, estudiaba matemáticas y astronomía y reunió una de las mayores bibliotecas del continente (cerca de cuatro mil volúmenes) incluyendo textos, por supuesto, de Sor María de Ágreda y de Santa Teresa.

Además, se interesó por las ciencias. Observó en su cocina los misterios de las emulsiones, cómo el azúcar cambia sus propiedades al calentarse o qué ocurre cuando se mezclan elementos de diferente densidad. Dejó dicho que “si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.
El obispo de Puebla, bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz, le pidió que se dejara de tanta actividad profana, en otro ejemplo más de las reprimendas de la jerarquía eclesiástica contra las monjas díscolas que usaban la cabeza para algo más que llevar la toca. En la Respuesta a Sor Filotea, Juana esgrimió como argumento de autoridad la lista de otras mujeres sabias (efectivamente, salieron a colación Teresa y María) que hicieron mucho más en vida que rezar y seguir la regla.
Pero la presión no cesó, hasta el punto de verse obligada a deshacerse de gran parte de su biblioteca y de muchos de sus instrumentos musicales y científicos. También tuvo que firmar varios documentos de renovación de votos. Rubricó uno de ellos con su propia sangre y con la frase “Yo, la peor del mundo”, quién sabe si con sincera humildad o con retranca irónica. Murió apartada de los libros y de la investigación a los cuarenta y seis años, contagiada de tifus mientras cuidaba a sus hermanas en la fe.
