Walter Benjamin no estaba en forma ni mucho menos. Con 48 años, un corazón débil y ataques de asma que le cerraban el pecho tras cada pequeño esfuerzo, tuvo que salir huyendo de la Gestapo por media Europa. La noche del 24 de septiembre de 1940, la activista Lisa Fittko le guió, junto a otros fugitivos, a través de un paso clandestino en los Pirineos para escapar desde Francia a España y, después, a Estados Unidos.
Cada diez minutos de marcha, descansaba uno, porque las piernas no le daban para más. Pero, aun así, Benjamin insistió en cargar él solo con un maletín negro del que nunca se separaba. Dentro guardaba -dijo- un manuscrito más importante que su propia vida.
Llegaron a Portbou al día siguiente, exhaustos. La mala suerte quiso que la policía franquista lo interceptara, comprobando que tenía en orden el visado de tránsito por España pero no el de salida del país vecino, así que sería deportado a la Francia de Vichy. Es decir, entregado a los nazis. Esa misma noche, Walter Benjamin se quitó la vida con una sobredosis de morfina.

El juez levantó acta de sus pertenencias: un reloj de oro, una pipa, seis fotografías, unas gafas, algo de dinero y “unos papeles de contenido desconocido”. El maletín negro y los objetos personales se esfumaron del depósito y nunca más se ha vuelto a saber de ellos.
Durante décadas se ha especulado con la posibilidad de que aquellos papeles fueran la versión final de sus Tesis sobre el concepto de Historia o, quizás, nuevas anotaciones para el Libro de los pasajes.
Pero, antes de emprender la huida desde un París a punto de ser ocupado, Benjamin había entregado una copia del manuscrito de las Tesis a Hannah Arendt, quien por entonces trataba también de escapar de Francia. Meses después, la propia Arendt haría casi la misma ruta, visitaría la tumba de su amigo (con el texto de la lápida trastocado, pues en Portbou concluyeron que Benjamin debía ser el nombre y Walter el apellido) y, ya en Nueva York, hizo llegar esa copia a Theodor Adorno para su publicación.
En cuanto a los Pasajes, se había ocupado de dejarlos a buen recaudo en manos de Georges Bataille, junto con otro objeto que le acompañó en cada ciudad donde residió y que, al contrario que su obra, no quiso arriesgar durante la fuga. Ese objeto tan preciado era un pequeño cuadro: el Angelus Novus de Paul Klee.

Benjamin no se lo compró directamente al artista. Lo adquirió en 1921, por mil marcos, en una galería de Múnich. Y se obsesionó con aquella imagen hasta el punto de que inspiró una de sus Tesis:
“Hay un cuadro de Klee que se llama Ángelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviera a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, el ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies.
Bien quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.
Ese pequeño ángel desató la imaginación de Benjamin y cristalizó en una de sus más famosas teorías sobre la Historia. Curiosamente, aunque por razones radicalmente distintas, también refleja lo esencial de la personalidad de su creador.
El hechicero de la Bauhaus
Una personalidad peculiar, porque Paul Klee era todo menos anodino. En la Bauhaus, donde enseñó durante una década, los alumnos le llamaban El hechicero, a lo mejor porque durante las clases se quedaba repentinamente en silencio, se mecía en la silla o tocaba el violín. Aunque a primera vista respondía al tópico del suizo metódico y laborioso, en Klee latía la idea de la creación artística como una inspiración sagrada, un ritual capaz de armonizar la razón y la intuición. Era ambidiestro y, si creemos en la especialización de cada hemisferio cerebral, esa habilidad explica cómo era capaz de aunar en su obra la lógica y el análisis con la creatividad y la imaginación.



Por un lado, se rendía al simbolismo, la espiritualidad y el azar. Dejaba que sus gatos (Bimbo, Fritzi, Nuggi o Mysi) se pasearan sobre los cuadros con la pintura todavía fresca sin corregir las huellas, porque todo sumaba energía a las obras.
Por otra parte, era tan constante y minucioso como un científico en el estudio del color, de la composición y también en la elección de los materiales. Salía a buscar motivos armado con una lupa o unos prismáticos, colocaba el lienzo boca abajo y reducía la realidad a sencillas líneas que le acabaron llevando a la abstracción. Rechazaba los soportes tradicionales y prefería pintar sobre arpillera, papel de periódico, gasas o cartones, mezclando en su taller-laboratorio pigmentos hechos con tiza molida o cola de carpintero. En 1920 pintó el Angelus Novus, usando una técnica de transferencia al óleo sobre papel japonés que él mismo había inventado.
El viaje del ángel
El dibujo, escondido en París por Bataille entre los archivos de la Biblioteca Nacional durante la ocupación nazi, surfeó la guerra intacto. Pasó después a manos de Adorno y, más tarde, a las de Gershom Scholem, gran amigo de Benjamin. Cuando la viuda de Scholem murió, la obra recaló en el Museo de Israel en Jerusalén.
Pero aquí no termina su historia. En 2015, la artista Rebecca H. Quaytman descubrió que Klee no había pintado sobre un soporte en blanco. Debajo del ángel (en otra capa que, como base, rebosaba a propósito por los márgenes) había un aguafuerte de 1838 de Christian Friedrich Müller, inspirado en un retrato de Martín Lutero pintado por Lucas Cranach el Viejo en 1520.

Y hay más. Benjamin desarrolló en sus escritos la idea del aura de la obra de arte. Una reproducción fotográfica o digital de un cuadro famoso, por ejemplo, puede multiplicarse para estar al alcance de todos y en todas partes, pero carece de aura, porque se muestra fuera de contexto, le falta el rastro material de la historia, el desgaste y la autenticidad del original. Resulta fascinante la sensibilidad del pensador alemán para quedar embrujado precisamente por esta obra en concreto porque, como objeto único, cargado de significados y preñado de secretos, el Angelus novus farmea aura por los cuatro costados.
