Ya muy conocido por ser el autor de Robinson Crusoe, Daniel Defoe se embarcó en la tarea de publicar, bajo el seudónimo de Capitán Charles Johnson, una serie de biografías de piratas. A ese libro se debe buena parte de la imaginería que hoy asociamos con aquellos buscavidas. Y Defoe no olvidó incluir en el catálogo a varias mujeres que también se echaron al mar para cambiar su fortuna.
Una de ellas es Anne Bonny. Nacida en Irlanda, Defoe nos informa de que acabó en Estados Unidos tras una rocambolesca y confusa historia que involucra a un padre rico y mujeriego, una criada, un joven pretendiente, una engañada ama de casa y el robo de un juego de cucharas de plata.
Llegada a Carolina del Sur, Anne creció en un entorno próspero gracias a los boyantes negocios familiares pero, contra la voluntad paterna, se casó con un marinero del montón y huyeron juntos a Nassau. Una vez allí, Anne se enamoró del pirata más apuesto, o por lo menos más llamativo, de la isla: John Rackham, a quien llamaban Calico Jack por su afición a las camisas estampadas de algodón calicó que solía lucir.

El llamado código de Black Bart, algo así como la Constitución de los bucaneros, especificaba en el artículo VI que a bordo de un barco pirata “no se permite la presencia de niños ni mujeres. Si se descubre a un hombre seduciendo a una mujer y llevándola al mar disfrazada, sufrirá la muerte.”
Pero, ya sabes, aquellos personajes no destacaban por el respeto a las leyes, ni siquiera a las suyas, así que Anne se embozó en ropas masculinas, se sumó a la tripulación de su amante y, dice Defoe, demostró en los abordajes más valor y arrojo que cualquiera de los otros marineros.
Dudo que sus compañeros de armas se tragaran que era uno más, sobre todo al quedar embarazada del capitán, pero el caso es que se integró sin mayores problemas y hasta prosperó bastante cuando la partida de forajidos paso de ser una banda pirata más a tener patente de corso bajo la protección de la corona británica.
Una nueva compañera a bordo
Un buen día abordaron un barco donde viajaba un tal Mark Read. Un apuesto joven que también resultó ser una mujer vestida con ropas de hombre y cuyo verdadero nombre era Mary Read.
Mary es otra que tuvo una infancia complicada en la que su madre, para poder cobrar la manutención asignada en principio a otro de sus hijos, no dudó en vestirla de chico desde muy pequeña. Al crecer, sus querencia por la acción y la destreza para hacerse pasar por hombre le permitieron alistarse como un soldado más en Flandes, hasta que le hizo tilín un compañero de armas, desveló su condición de mujer y se casó con su enamorado en el campamento. Una boda inédita, suponemos.
Mary pronto quedó viuda (es lo que tienen las guerras) y decidió emigrar a las Indias Occidentales haciéndose pasar de nuevo por un hombre. El barco fue interceptado por el de Calico Jack y, en lugar de asustarse y rogar por su vida, pidió unirse a los corsarios.
Aquí la trama romántica se complica porque, siempre según la leyenda, Anne se habría sentido atraída por el recién llegado creyendo que era un hombre. Para algunos, iniciaron una relación romántica. Para otros, Mary se limitó a revelarle su secreto, siguió brevemente con el engaño de cara al resto de la tripulación con la complicidad de Anne y, por último, se descubrió ante el celoso capitán, quien llegó a amenazar de muerte al novato. Al final, entre confuso y aliviado, Calico Jack aceptó la presencia de otra mujer en el barco.
Durante algunos meses, el trío fue de abordaje en abordaje, hasta que las restricciones de la patente de corso se les hicieron cargantes y volvieron a piratear sin hacer distingos entre las banderas de los mástiles. Eso provocó que las autoridades emitieran una orden de busca y captura.
En octubre de 1720, el capitán Jonathan Barnet localizó el barco de Calico Jack fondeado en Dry Harbour Bay, Jamaica. La tripulación celebraba con abundante alcohol la reciente captura de un barco pesquero, así que no estaba en condiciones de repeler un ataque, y fueron precisamente Anne y Mary quienes lideraron -sin éxito- la resistencia mientras la mayoría de los hombres se escondía en la bodega.
Durante el juicio, los testigos afirmaron que ellas eran las más combativas del barco, las primeras en los abordajes, las que maldecían más fuerte y bebían más ron. Así que se las condenó a muerte, al igual que a su capitán.

Calico Jack fue ejecutado. Su cadáver fue untado en brea, metido en una jaula de hierro con forma de cuerpo humano y colgado, como advertencia a otros piratas, en un islote a la entrada de la bahía de Kingston. El lugar donde se balancearon sus restos se llama hoy Rackham’s Cay.
Antes de morir, se autorizó una visita de su pareja al calabozo. Pero Daniel Defoe cuenta en su enciclopedia pirata que el encuentro y las palabras que le dedicó Anne no fueron el clímax romántico que, quizás, había imaginado el capitán:
“Lamento verte así, Jack; pero si hubieras luchado como un hombre, no tendrías que morir ahora como un perro.”
¿Que les ocurrió a ellas? Pues que también fueron sentenciadas a muerte pero, en un giro de guion propio de una peli de piratas, ambas se acogieron a una salvaguarda legal: anunciaron que estaban embarazadas. La ley prohibía colgar a una mujer en su estado porque el futuro bebé sería legalmente súbdito de la Corona y, como era obvio, aún no había podido cometer ningún delito.
La justicia colonial tenía muchos medios, al parecer. Porque se destinó a un equipo de nada menos que doce matronas a la tarea de examinarlas en privado. El comité de comadronas confirmó los embarazos para sorpresa de todos, con lo que evitaron (solo por unos meses) la ejecución de la condena. Quizás pensaran que era mejor morir por enfermedad, de hambre o durante el parto que en la horca. Así ocurrió con Mary Read, fallecida en su celda en abril de 1721.

Sin embargo, no hay registro de la ejecución de Anne Bonny. Defoe nos recuerda que venía de un hogar de posición acomodada y apuesta por la idea de que su padre, William Cormac, un abogado con fortuna e influencias, compró su libertad.
Hay sitios de referencia, como Wikipedia o el Oxford Dictionary of National Biography, que se apuntan a la tesis de que, tras una vida de aventuras, Anne regresó a Carolina del Sur, donde habría tenido ocho hijos con un tal Joseph Burleigh hasta fallecer a los ochenta años. Una venerable anciana que durante décadas sirvió amablemente el té a las visitas, por completo ignorantes del pasado pirata de su anfitriona.