El 7 de febrero de 1575, en un descampado de Wolfenbüttel, en la Baja Sajonia alemana, tres alquimistas fueron sentenciados a muerte por la justicia del Sacro Imperio Romano Germánico. A dos de ellos les arrancaron la piel con tenazas al rojo vivo antes de ser descuartizados. La tercera era una joven de apenas 25 años, Anna Maria Zieglerin, a quien ataron a un taburete de hierro para quemarla viva.
Casi todo lo que se sabe de ella procede de las transcripciones de los interrogatorios del caso, además de las cartas y otros testimonios que el duque Julio de Brunswick-Luneburgo reunió para procesar a la terna por fraude y otros delitos. Anna aparece en esos documentos como la cabecilla de una estafa muy común en la época: engatusar a nobles y otros señoritos avariciosos con la idea de que transformar plomo en lingotes de oro es pan comido.

En cambio, que los criptobros del siglo XVI fueran comandados por una mujer no era tan habitual, pero Anna tenía un aura especial. Al margen del relato en los archivos judiciales, su biografía solo puede completarse con lo que ella dice de sí misma y, como verás, no es exactamente una narradora muy fiable.
Para empezar, afirmaba que su nacimiento fue prodigioso. Bebé prematuro, dijo haber sido bañada en un bálsamo secreto y envuelta en la piel de una mujer durante doce semanas hasta terminar de formarse, un prodigio que también salió a colación en el juicio:
“Un doctor, Peter, abrió a su madre, la sacó del cuerpo de su madre, la ungió con leche y la cubrió con tintura… Se suponía que la piel en la que yacía provenía del cuerpo de una mujer.”
Anna consideraba aquel modo de llegar al mundo (y otros detalles, como que nunca había menstruado) como pruebas de su excepcionalidad, de una naturaleza especial que la acercaba a una condición similar a la de los ángeles.

Otras fuentes más mundanas cuentan, sin embargo, que era hija de la pequeña nobleza de Pilnitz, lo que le dio cierta formación en su infancia, en la corte de Dresde. Su origen y estatus no le salvaron de sufrir abusos, quedando embarazada a los catorce años.
Tras dar a luz en secreto, envolvió al bebé en una tela de lino y, con ayuda de una criada, lo arrojó al agua. Aún adolescente, casó en primeras nupcias con un hombre que, tras un accidente a caballo, solo sobrevivió nueve semanas a la boda. Luego sería entregada de nuevo como esposa (por su hermano y contra su voluntad) a un bufón de la corte, bizco y al parecer de pocas luces, llamado Heinrich Schombach.
La pareja salió al mundo en busca de fortuna y en su vagar conoció a un tal Philipp Sömmering, un pastor reconvertido en alquimista, que se hacía llamar Therocyclus y que trabajaba para el duque Juan Federico II.
Al caer en desgracia y ser depuesto por el emperador en 1567, los tres acabaron recalando en los dominios de Brunswick-Luneburgo. En septiembre de 1573, Anna hizo llegar al duque una carta con un gancho irresistible: le anunciaba el envío de una pequeña piedra filosofal disuelta en vino (la legendaria sustancia que según los alquimistas podía transmutar metales y otorgar la vida eterna), así como la promesa de otras maravillas aún mayores si les contrataba.
Entre ellas figuraba fabricar un “oro trece grados superior al mejor oro arábigo” a partir de plomo, rubíes y un misterioso polvo parduzco al que Anna llamaba Sangre de León. Esa sustancia rojiza estaba en la base de muchos otras elaboraciones, a cada cual más epatante.
Por ejemplo, si con ese aceite se alimentaba a un pájaro y, a las seis semanas, se tostaba en el fuego, al consumirse por completo tomaba la forma de un raro vidrio. Una vez molido, el polvo resultante no solo servía para crear oro: mezclado con estiércol de caballo, haría crecer fruta madura en pleno invierno y, combinado con sulfatos de cobre, de zinc y un imán, generaría piedras preciosas, diamantes y zafiros. Además, la Sangre de León, ingerida en pequeñas dosis, era la clave para gozar de hijos fuertes y sanos.
“Si deseas concebir un hijo, toma nueve gotas del aceite mencionado durante tres días, una tras otra, por la tarde y por la mañana. Dale también lo mismo a tu esposa… Pero cuando esté embarazada, dale una vez al día no más de tres gotas del aceite.”
Claro, aquel catálogo de maravillas despertó el interés del duque, así que Anna obtuvo crédito para montar su laboratorio alquímico y trabajó en él durante meses. Mientras llegaban los resultados, y para mantener encandilado al patrón, ideó una historia aún más asombrosa protagonizada por un personaje de su invención: el conde Carl von Oettingen, supuesto hijo ilegítimo nada menos que de Paracelso.

El imaginario conde habría heredado los libros de su padre secreto y descubierto en ellos que una doncella libre del “flujo mensual” sería la madre de sus hijos, criaturas nacidas a ritmo de una cada mes y medio, de crecimiento acelerado, libres de toda enfermedad y capaces de vivir hasta el fin de los tiempos. O, al menos, tanto como Matusalén. Por supuesto, la doncella de la profecía era Anna, quien preparó cartas de amor firmadas por el conde inexistente para corroborar su historia.
Esta deriva de sus objetivos es interesante. Porque desarrolla la idea de que, al igual que la alquimia maduraraba metales comunes en oro o una tintura mágica funcionó para terminar de formar su cuerpo cuando era bebé, la Sangre de León o aceite alquímico podía usarse para madurar de igual modo a seres humanos.
La lógica iba más allá de los intereses y presupuestos de otros alquimistas de la época, que se interesaron por la creación de homúnculos mezclando ingredientes en retortas pero evitando la intervención de una madre o figura femenina. Como destaca su biógrafa, Tara Nummedal, en la visión de Anna la mujer no se sustituye por una matriz alquímica; sigue siendo el recipiente natural de la vida, aunque ahora evitando los peligros e inconvenientes con un proceso más sencillo, rápido y saludable.
“Si, por la gracia de la mirada benévola de Dios, el niño es creado y nace […] entonces que el niño no pruebe la leche materna, ni le den nada de comer ni de beber, sino que cada día por la mañana, por la tarde y al mediodía no más de tres gotas en su boca. […] De esta manera se puede criar a un niño sin otro alimento ni bebida durante doce años enteros.”
Pero la fantasía de convertirse en una nueva Virgen María repoblando el mundo con criaturas inmunes a toda enfermedad no duró mucho. En verano de 1574, seguramente harto de una espera infructuosa, el duque Julio dejó de creer en las promesas de oro a espuertas y abrió una investigación contra el trío por fraude.
Bajo tortura, acabaron confesando ese y otros delitos, como el asesinato de un mensajero, el intento de envenenar a Hedwig, esposa del duque, y la fabricación de copias de llaves de las habitaciones privadas de la pareja con intención de robarles. Cargos suficientes para ser enviados a la muerte.
