Carta excéntrica

Víctor de los espíritus

Fue su enorme fama la que salvó de la cárcel a Víctor Hugo cuando, en diciembre de 1851, el futuro emperador Napoleón III decidió disolver la Asamblea Nacional francesa y desatar la persecución de quienes se opusieron a su autogolpe de Estado.

Como si de una escena entre el fugitivo Jean Valjean y el inspector Javert se tratara, el autor de “Los Miserables” pudo abandonar París gracias a que, a pesar de ser detenido, un comisario le reconoció, hizo la vista gorda al tratarse de tan aclamado escritor y le permitió escapar del arresto. Y aquí comienza el viaje.

Victor Hugo, Étienne Carjat, 1876
DE PARÍS A NUEVA YORK

Víctor Hugo huyó a las islas que la Corona británica posee en el Canal de la Mancha, primero en Jersey y posteriormente en Guernsey, para no regresar a Francia hasta 1870. El dolor del exilio por motivos políticos se sumó a una mala racha tanto en lo profesional (con la fría acogida de sus últimas obras) como en su vida personal, salpicada de desgracias familiares. Quizás por eso fue presa fácil de una moda llegada desde América: el espiritismo.

En la madrugada del 1 de abril de 1848 (el equivalente en el mundo anglosajón de nuestro Día de los Inocentes) las hermanas Margaret y Kate Fox despertaron a sus padres para que escucharan los extraños ruidos que sonaban en la alcoba de su casa en Hydesville, en el estado de Nueva York.

Tras el primer susto, las niñas les convencieron de que, mediante un sencillo código alfabético a base de golpes e inventado por ellas mismas, podían interrogar a los fantasmas que habitaban el edificio y estos les respondían del mismo modo.

Kate y Maggie Fox. New York, 1852. Missouri History Museum.

Lo que empezó como una broma del Fool´s Day pronto se les fue de las manos. Se corrió la voz del extraño incidente por el pueblo y pasaron de dar disimuladas patadas al cabecero de la cama para emular fantasmas con ganas de charleta a ganarse la vida con su ocurrencia. Pulieron el supuesto sistema de comunicación con el más allá, lo hicieron portátil y comenzaron una gira en la que mostraban sus dotes como médiums a quien pagara una elevada suma por verlas en acción.

En apenas unas semanas, la historia de las jovencitas desató la locura (y el negocio) del espiritismo moderno.

En Estados Unidos comenzaron a celebrarse encuentros alrededor de las llamadas mesas giratorias (que se movían ante la presencia de almas en pena) y las mesas parlantes, donde los repiqueteos “espontáneos” de las manos apoyadas en ellas por los participantes servían para invocar a los espíritus.

DE NUEVA YORK A BREMEN

Parece que a las mujeres se les daba mejor que a los hombres lo de conectar con el otro barrio, Varias espiritistas cruzaron el charco y organizaron espectáculos públicos en distintos puntos de Inglaterra expandiendo la moda por Reino Unido.

El 30 de marzo de 1853 un artículo de la Gaceta de Augsburgo contaba que un residente en Bremen recibió, enviadas en barco por su hermano desde Nueva York, detalladas instrucciones sobre el novedoso método para conversar con los muertos.

La noticia se reprodujo en muchos otros periódicos del continente en el mes de abril y en mayo también llegó a España. El resultado fue que el espiritismo se puso de moda en los salones de la alta sociedad de las principales capitales europeas. Incluida París.

Grabado de una “mesa parlante” en ‘L’Illustration’, 1853. Bibliothèque Nationale et Universitaire de Strasbourg.
DE BREMEN A JERSEY

El 11 de septiembre de ese mismo año, una amiga parisina de Víctor Hugo, Delphine de Girardin, le visitó en Jersey. Ella le introdujo en los misterios de las mesas parlantes hasta desarrollar una obsesión tal que abandonó cualquier otra actividad.

Con su hijo Charles como médium, participó en más un centenar de sesiones nocturnas que, en muchas ocasiones, se prolongaban hasta el amanecer. En enero de 1855 escribió a Delphine de Girardin:

“Las mesas nos dicen cosas sorprendentes… Vivimos en un horizonte misterioso que cambia la perspectiva del exilio, y pensamos en ti a quien debemos esta ventana abierta.”

Dijo haber contactado con personajes como Galileo, Shakespeare, Sócrates, Jesucristo, Voltaire o Moisés. Y también con abstracciones como la Muerte o la Poesía. Transcribió esas conversaciones en varios cuadernos y, aunque algunos se perdieron, otros engrosan sus obras completas y fueron publicados después de la muerte del escritor.

Con el tiempo, el furor espiritista decayó en la rutina habitual de Hugo tal y como lo hizo en el resto de Europa, quizás por los informes de médicos y científicos que, con experimentos como el realizado por el físico Michael Faraday, demostraron que la sugestión y las expectativas de los participantes (por nerviosismo y de forma inconsciente en muchos casos) terminaban por desencadenar movimientos musculares involuntarios, el llamado efecto ideomotor. Disuélvanse, no hay nada sobrenatural por aquí.

Pero a pesar de las explicaciones racionales y lejos de desaparecer, el espiritismo se extendió a otros puntos del globo…

DE JERSEY A VIETNAM

Conchinchina es ese lugar lejano al que mandamos a alguien a quien no queremos tener cerca. Pero Cochinchina, sin la primera n, es un área geográfica real que se corresponde con el sur del actual Vietnam. Nuestro ya viejo conocido Napoleón III promovió la primera de una serie de expediciones de conquista sobre esa zona, que a finales del siglo XIX se convirtió en la Indochina francesa.

Ya en 1923, llegó a la colonia la noticia del descubrimiento de uno de los cuadernos rojos donde Víctor Hugo anotaba sus charlas con fantasmas. El hallazgo despertó el interés de un grupo de empleados públicos locales, entusiastas del ocultismo.

Usando una variante de los tableros de Ouija, los funcionarios entraron en contacto con un espíritu, autodenominado Cao Dai, quien les animaba a fundar una nueva religión, un culto sincrético donde se mezclaban enseñanzas filosóficas y morales de Oriente y Occidente pero que también contaba con una vertiente política, pues la nueva iglesia tenía un marcado componente nacionalista y anticolonialista.

Gran Templo Divino de Cao Dai en Tay Ninh.

Quizás por eso, además de invocar a los espíritus de personajes como Li Po, Lao Tsé, Lenin, Descartes o Juana de Arco, los caodaístas se interesaron por Víctor Hugo, a quien veían como un igual, un luchador contra las injusticias que no dudó en enfrentarse al imperio de Napoleón III.

Los mensajes que supuestamente recibieron del ya fallecido escritor francés eran extravagantes. En ellos mezclaba asuntos literarios, artísticos o sociales con raras metáforas en verso sobre Jesucristo y la química del hidrógeno:

“Sí, es este tipo de gas, al que llaman hidrógeno. Más o menos denso, constituye la parte más saludable. Cuando se dice que el Espíritu de Dios nadaba sobre las aguas, es en ese sentido en el que deben entenderse esas palabras.”

Por extraña que parezca la mezcla de ingredientes, para 1930 el caodaísmo contaba con cerca de un millón de fieles. Y el culto sigue vivo hoy a pesar de la costumbre de alinearse siempre con el bando perdedor: fueron pro japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, compadrearon en los años 50 con la tutela estadounidense y apoyaron al gobierno survietnamita hasta la caída de Saigón en 1975. Pero no desaparecieron ni siquiera con la victoria del Vietcong.

Su santa sede está en Tay Ninh, a hora y media de Ciudad Ho Chi Minh. El abigarrado interior muestra numerosas pinturas con las divinidades de la que ha sido llamada la religión mas rara del mundo. En una de esas imágenes comparte espacio una trinidad santa para el caodaísmo, la formada por el líder político chino Sun Yat-sen, el poeta vietnamita Nguyen Binh Khiem y… Víctor Hugo.