La cara pública de la misteriosa niñera-fotógrafa Vivian Maier es la suma de una vida excéntrica y de un hallazgo sorprendente. Pero contados por terceros.
Por si no te suena su peripecia, todo comienza cuando John Maloof, un historiador aficionado, agente inmobiliario de Chicago y asiduo de las subastas de trasteros abandonados, se hace por 400 dólares con un lote de miles y miles de negativos y carretes fotográficos sin revelar.

Impactado por lo que descubre en ellos, se decide a publicar algunas de las imágenes en Flickr, con éxito inmediato. Y lanza un mensaje a la red en busca de ayuda:
“Tengo un montón de obras suyas (alrededor de 30-40.000 negativos) que datan desde los años 50 a los 70. Supongo que mi pregunta es, ¿qué hago con estas cosas? […] ¿Este tipo de material es digno de exposiciones, de un libro? ¿O aparecen trabajos como estos a menudo? Cualquier indicación sería genial”.
En los negativos de la artista desconocida, todavía anónima, hay de todo: fotos de plazas de aparcamiento, paradas de autobús, polígonos industriales, cines y restaurantes vacíos, callejones, escaparates…
También momentos robados a transeúntes y vecinas en lo que los fotógrafos denominan “el instante decisivo”, posados de encuadre minucioso y panorámicas de la ciudad, de sus parques y edificios. Hay, además, retratos de ancianas, niños o vagabundos junto a composiciones puramente abstractas y otras que centran el objetivo en pequeños detalles: unas manos enlazadas, una butaca abandonada o la tapicería rojo chillón de un descapotable.
Y autorretratos. Cientos de autorretratos.

Repasando todo ese material, Maloof encuentra el nombre de la fotógrafa apuntado en una anotación, pero no obtiene ninguna pista sobre su paradero. Cuando un par de años después, en 2009, se generaliza el interés por esas fotos, hace otro intento de búsqueda en internet. Bingo. En esta ocasión le aparece un resultado: el obituario de Vivian Maier, publicado tan solo dos días antes.
Así descubre que la fotógrafa, fallecida a los 83 años, pasó su vejez con tan pocos recursos que no habría podido permitirse ni el coste de revelar o imprimir sus fotos en papel.
Tampoco tenia dinero para pagar la cuota de los trasteros donde las guardaba, junto a montones de cintas de audio y vídeo, enormes pilas de periódicos viejos y otros muchos objetos.

Maloof le sigue la pista y descubre que nació en Estados Unidos en 1926, aunque fue criada en Francia en eso que llaman una familia desestructurada. Padre alcohólico, madre de carácter inestable y un hermano adicto a las drogas que acabó internado en un psiquiátrico. Con ninguno mantuvo contacto estable.
De vuelta de Europa, se colocó como niñera para trabajar en Nueva York y Chicago con sucesivas familias a las que exigía una habitación propia con llave y, en ocasiones, el uso reservado de un cuarto de baño para positivar.
Sin familia, amistades ni relaciones sentimentales conocidas; distante, reservada y fingiendo una nacionalidad y un acento extranjero que no tenía, pasó décadas haciendo decenas de miles de fotografías callejeras que solo en muy raras ocasiones mostraba a alguien.
Las hizo durante su tiempo libre, pertrechada con cámaras profesionales y carretes de la mejor calidad. Bueno, y también muchas de ellas en plena jornada laboral, mientras arrastraba a los niños a su cargo en paseos interminables durante kilómetros y kilómetros.
Ya anciana y sin empleo, un día resbala y cae en la acera helada. Tras recibir las primeras atenciones médicas, se decide que sea ingresada en una residencia donde muere unos meses después. El final de Vivian y su obra secreta.
Hasta que Maloof nos cuenta su historia.

La cara A
Primero un documental. Luego un libro. Y a continuación, una exposición tras otra que van haciendo crecer la leyenda de una creadora incansable y desconocida; una fotógrafa inédita y genial enterrada en vida por culpa de los prejuicios de la época.
Nace la fiebre por Vivian Maier.
Se dibuja así la imagen de una artista pura, ajena a la necesidad de aprobación, insensible a la fama o el dinero. Una heroína precaria pero orgullosa de su independencia, feminista, progresista, en las antípodas del estereotipo de las amas de casa de la América autocomplaciente de los años 50.
Esa Vivian es una mujer resuelta que lo mismo fotografía a políticos en campaña (Eisenhower, Kennedy, Nixon..) que a famosos (Frank Sinatra, John Wayne, Greta Garbo…), trabajadores, criminales o marginados. Con celo inaudito, ella sola documenta y mapea medio siglo de la sociedad norteamericana en decenas de miles de disparos.
Y, no contenta con eso, se va de viaje durante seis meses para hacer lo mismo por Asia y Sudamérica, cámara en ristre y en solitario.

Nunca ganó un dólar con la fotografía ni obtuvo reconocimiento artístico en vida. Fue una sombra, una presencia silenciosa y discreta que solo existió para los demás (apenas por unos instantes) cuando se veían requeridos como modelos. Y probablemente centraron la atención en el objetivo de aquella cámara que les interrogaba y no en la persona que la sostenía.
En esta versión, se nos presenta como un ejemplo de la invisibilidad pública con la que se marginaba a la mujer de clase trabajadora sin marido, sin hijos y sin educación superior cuando intentaba destacar en un mundo hostil. Una pionera a quien ahora, gracias al azar, conocemos por fin.

Pero, ¿era esa la verdadera Vivian Maier?
Hay quien sostiene que nos hemos enamorado de un apasionante relato, bien construido pero interesado, que nos escamotea mucha información.
La cara B
Maloof se hizo con más negativos, organizó más exposiciones, montó una fundación, una web… Y se encargó de gestionar los derechos de reproducción de todos esos originales. En cierto modo, es el responsable y también el principal beneficiario de la asombrosa historia de la niñera fotógrafa.
Pero, en realidad, seguíamos sin saber gran cosa sobre Maier. Y con los años empezó a emerger otro relato diferente. Los testimonios de quienes la conocieron han ido añadiendo matices a la imagen idealizada.
Ojo, contradictorios en muchos casos y quizá igual de parciales e interesados.
Antiguos pupilos dicen que no les mostraba especial empatía. Era severa e intransigente, les ignoraba y perdía de vista mientras se dedicaba a hacer fotos. Llegó incluso a emplear la violencia física con ellos.
Sus biógrafas afirman que era compulsiva, obsesiva, solitaria y emocionalmente incapaz de establecer relaciones sociales con otros adultos. Entre los ejemplos de su recelo ante los demás, recuerdan que iba dejando nombres falsos en las tiendas donde compraba o revelaba los carretes.
“Como una espía”, decía de sí misma.

También cuentan que perdió el empleo más estable que tuvo por la costumbre de abarrotar su habitación de viejos periódicos y otros trastos que encontraba en sus paseos. Y que las -literalmente- toneladas de trastos que llegó a acumular en almacenes alquilados delatarían un síndrome de Diógenes.
Señalan otros comportamientos cuando menos extraños como que, ya en la vejez, se la viera comiendo latas frías de conservas en el parque mientras dejaba sin cobrar cheques de beneficencia por valor de cientos de dólares.
En la versión oscura de Maier, un supuesto trastorno de la personalidad explicaría el afán de coleccionar momentos, propios o ajenos, y la decisión de mantener un inmenso archivo fotográfico repartido en trasteros de alquiler, como hacía con los periódicos y las grabaciones de vídeo y audio.
El inventario exhaustivo de un entorno con el que apenas interactuaba, el registro detallado de las vidas que ella no vivió.
La calidad de su obra tampoco se libra del revisionismo. Frente a quienes la consideran la mayor fotógrafa callejera del siglo XX, hay voces que la juzgan como una amateur avanzada que nunca intentó exhibir o vender una foto, con buen ojo para el encuadre pero sin pulso ni objetivo artístico. Sus cientos de miles de disparos serían meros ejercicios con los que practicar técnicas diversas, salpicados de algunos hallazgos felices.
Mmmm, igual en esto se han pasado de frenada.

La tercera Vivian
Probablemente, no le hacen justicia ni el retrato heroico y edulcorado ni el menosprecio artístico o los diagnósticos psicológicos de andar por casa. Y aquí no intentamos resolver la cuestión. Maier viene a esta Carta, cómo habrás notado dada la selección de fotos con esa perspicacia tuya, por sus selfies.
Vivian dejó testimonio de su existencia, la prueba material de que pasó por este mundo, en cientos de autorretratos. Pero en ellos parece estar presente y ausente al mismo tiempo. Como un reflejo, como una sombra. Y casi siempre en soledad.
¿Por qué esa ingente sucesión de fotos de sí misma? ¿Para quién? Resulta intrigante saber si son los repetidos intentos de un alma solitaria por demostrar su existencia o capturar su identidad con la esperanza de ser vista, de mostrarse a los demás algún día.

O puede que todo se reduzca a un acto compulsivo, el impulso narcisista e irresistible de seguir haciendo click en cualquier ocasión, como nos pasa hoy con los teléfonos móviles.
Agotar un carrete y cargar otro en la máquina. Pero, en lugar de subirlas a Instagram, el destino de esas fotos era el olvido en el fondo de un cajón. Nadie veía el resultado final. En muchos casos, ni siquiera ella.
Ahora giran por ahí exposiciones temáticas de los autoretratos. Pero, si la voluntad última de Maier se cifraba en no ser descubierta, resulta que hoy es famosa en contra de ese deseo: que su intimidad se mantuviera a salvo en un almacén, oculta para siempre a la mirada del mundo. Que, como su montaña de carretes, no fuera nunca revelada.
