En 1971, Manuel Elizalde, responsable del departamento encargado de las minorías indígenas de Filipinas durante la dictadura de Ferdinand Marcos, hizo un anuncio extraordinario. Según el testimonio de un cazador, en las junglas del sur de la isla de Mindanao habitaba una reducida tribu, apenas veintiséis personas, aislada de todo contacto con el exterior y sin acceso a las tecnologías más básicas. Atrapada en una perpetua Edad de Piedra.
Según su relato, los integrantes de la tribu Tasaday vivían en cuevas, vestían taparrabos y sobrevivían recolectando frutos silvestres y cazando ranas y peces con rudimentarios cuchillos de piedra. Ajenos a la existencia de otros seres humanos, su dialecto era completamente diferente al de los pueblos más próximos y, desconectados del mundo, carecían del concepto de propiedad privada y de palabras como “guerra” o “mar”.

La noticia del hallazgo de aquellos buenos salvajes sacudió la antropología académica, que se frotaba las manos ante la posibilidad de asomarse sin filtros a esa ventana abierta al pasado. Y, en general, asombró a la convulsa sociedad de aquellos años, a caballo entre la amenaza nuclear, la guerra de Vietnam y el retorno a la naturaleza preconizado por el ecologismo y el movimiento hippie. La tribu era un destello de inocencia en un planeta cada vez más cínico.
Para el régimen que dirigía la pareja formada por Ferdinand e Imelda Marcos supuso una oportunidad de mostrar su interés en el bienestar de los habitantes originarios. Mejor aparecer en las noticias por ese asunto, se dirían, que por otros menos amables, como la represión política o las compras compulsivas de artículos de lujo, el pasatiempo favorito de Imelda.

Para dar una pátina de heroísmo a la expedición oficial encargada de entrar en contacto con la tribu perdida, Elizalde recurrió nada menos que a Charles Lindbergh.
El mítico piloto, conocido por cruzar por primera vez en solitario el Atlántico en avión, era ya un septuagenario general retirado, pero su nombre y prestigio seguían intactos. Participó en la misión con éxito, aunque su helicóptero sufrió daños y tuvo que ser rescatado de la selva por la fuerza aérea de Estados Unidos junto a otros 45 expedicionarios.
Entre ellos se encontraba el periodista de la agencia AP John Nance, quien escribiría, con prólogo de Lindbergh, un libro sobre la tribu. Pero para la difusión global de la historia fue aún más relevante el reportaje de 32 páginas publicado por la revista National Geographic en agosto de 1972. En la portada, como si del Mowgli de Disney se tratara, aparecía un semidesnudo niño de la tribu trepando por un árbol.

En este punto, y nunca mejor dicho, hay que hacer entrar en escena a otra protagonista: Gina Lollobrigida. La actriz italiana ya no brillaba en el cielo de las estrellas más rutilantes de Hollywood, pero se había reinventado como retratista de personajes famosos. Imelda Marcos le ofreció nada menos que cuatro millones de dólares por hacer dos libros de fotografías sobre el país.
Con el primero no hubo problema. Estaba dedicado casi por completo a blanquear la imagen del régimen filipino y destacar -ejem, ejem- el glamour, buen gusto y mejor corazón de la primera dama del país. 😳
Pero, para el segundo volumen, Lollobrigida se empeñó en homenajear al pueblo llano. Y en particular a los Tasaday.

Por lo que sea, la idea para esa segunda entrega no gustó a los Marcos. Se opusieron a dar a la fotógrafa vía libre con los Tasaday y la disputa acabó ante los tribunales y con un acuerdo por el que el presupuesto inicial se rebajaba a 400.000 dólares. Acto seguido, la pareja se embarcó en una cruzada por todo el mundo para incautarse o comprar la casi totalidad de los ejemplares ya editados.
¿Qué raro sonaba aquello, no? El caso es que los recelos sobre qué estaba ocurriendo realmente en el paraíso perdido se extendieron entre la comunidad científica. “Mucho periodista y poco científico”, se empezó a rumorear ante las trabas a los investigadores que, como Lollobrigida, también deseaban conocer de primera mano a la tribu de la Edad de Piedra.
El gobierno alegaba que era imperativo protegerles y que por eso se limitaba el acceso. Para calmar un poco los ánimos, se construyeron plataformas en los árboles de modo que unos selectos privilegiados pudieran observarles de lejos, sin ser vistos ni contaminar su primitiva forma de vida.
Elizalde, quien quizás tuvo la premonición de que el régimen se tambaleaba, se distanció del dictador y se exilió en Costa Rica. Con su salida, y casi coincidiendo con el final de los Marcos en el gobierno, se relajó la estricta vigilancia sobre el hábitat de los Tasaday.
Eso permitió que, ya en 1986, el antropólogo suizo Oswal Iten y el reportero filipino Joey Lozano se colaran en la reserva donde vivía la tribu. Y, como dice el meme, no te creerás lo que ocurrió a continuación.
Ambos quedaron estupefactos al toparse con un grupo que vestía a la occidental, con raídos vaqueros y camisetas, y que estaba cultivando un huerto adosado a una mísera casa. El resto de la tribu no era muy diferente, un puñado de indígenas pobres con los que no tuvieron problema para comunicarse en el idioma local. Ni vivían en cuevas, ni lucían taparrabos, ni esgrimían cuchillos de piedra.

Confesaron a los visitantes ser miembros de dos tribus vecinas que, a cambio de la promesa de mejorar sus condiciones de vida y aterrorizados por las posibles represalias si se negaban, aceptaron representar el papel de “hombres de las cavernas”. Un fraude al que se vieron abocados durante años.
No todos quedaron convencidos tras la denuncia de Oswal Iten. Hay quien aún sostiene que las pruebas del engaño no son concluyentes y que los Tasaday podrían ser un grupo separado de otras tribus cercanas durante, quizás, ciento cincuenta años. Un período en el que perdieron las habilidades de sus antepasados para recuperarlas -en tiempo récord- al retomar el contacto con el mundo moderno. Pero, en fin, que aún aceptando pulpo como animal de compañía, lo de la última tribu de la Edad de Piedra, pues va a ser que no.
