Carta excéntrica

Cuando la fortuna te sonríe sin cesar

Hacer un enorme capital con la venta de carbón en cuencas mineras, calentadores en los trópicos o billetes del Monopoly parece imposible, pero estos negocios son una pequeña muestra de las raras y azarosas operaciones que convirtieron en multimillonario a Timothy Dexter, el tonto de su pueblo.

“Lord” Timothy Dexter. Grabado de 1806, James Akin.

Resulta harto improbable que todas las anécdotas atribuidas al extravagante Dexter sean ciertas. Parecen la segunda parte de las aventuras del barón de Münchausen o una retahíla de esos chascarrillos que cuentan los paisanos de un pueblo para ridiculizar a los vecino de otro cercano.

La mayoría, además, provienen de una sola fuente: la biografía escrita por Samuel L. Knapp. Pero el autor es un historiador de renombre con una buena pila de monografías a sus espaldas y tanto Wikipedia como la Enciclopedia Británica le dan pábulo, así que… allá vamos.

Timothy Dexter, nacido en Massachusetts en 1747, era hijo de una pareja de aparceros pobres como ratas que le sacaron de la escuela con apenas ocho años para que ayudara a la economía familiar.

Casi analfabeto, aprende el oficio de curtidor y con 22 años monta su propio negocio. Le fue bastante bien, aunque su posición mejoró mucho al casarse con Elizabeth Frothingham, la rica viuda de un ex-socio de Dexter.

Se establecieron en uno de los mejores barrios de Boston, pero los otros residentes les tildaban de arribistas, de nuevos ricos, de ser unos patanes poco espabilados y sin clase. Dexter hizo lo posible por integrase, postulándose para algún cargo público que aumentase su prestigio. A base de cabezonería, obtuvo el de “informante de ciervos”, aunque por allí no se veía un ciervo desde hacía dos décadas, así que los esfuerzos de la administración por conservarlos eran bastante absurdos.

Al finalizar la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, el papel moneda emitido por las colonias rebeldes, el dólar continental, apenas valía lo que costaba imprimirlo. Los soldados cobraban en esa divisa, así que se vieron en la ruina tras haber servido a su nuevo país. Un poco por solidaridad con ellos y quizás también porque esperaban la revalorización en el futuro, los más acaudalados de Boston les compraron pequeñas cantidades de efectivo.

Sin embargo, Dexter (con rara intuición o por simple estulticia) se hizo con una suma considerable de aquella moneda sin valor y resultó que muy poco después el Tesoro de Estados Unidos decidió reconocer y recomprar aquellos billetes a cambio de bonos, lo que multiplicó la fortuna de nuestro personaje de hoy y le permitió hacerse con una par de barcos.

Billete Continental de 5 dólares.

Dicen que algunos ricachones, muertos de envidia por esta operación y con ganas de burlar al paleto y provocar su ruina, le empezaron a sugerir negocios descabellados. El primero fue que enviara 42.000 calentadores de cama y cientos de mitones de lana a las entonces denominadas Indias Occidentales. El trópico no generaba mucha demanda de nada de aquello, pero el capitán del barco consiguió colocar los calentadores metálicos como cucharones para remover melaza en las plantaciones de azúcar y vender los mitones a unos comerciantes que se dirigían a Siberia. El resultado fue un negocio redondo e inesperado.

Gatos recogidos en la calle y enviados a cazar ratas en el Caribe, biblias para el Sudeste asiático y 370 toneladas de barbas de ballena para hacer corsés y miriñaques fueron otras apuestas improbables que le salieron bien. Para remate de su buena suerte y desconcierto de los rivales, ganó un potosí al vender un cargamento de carbón nada menos que en Newcastle, el mayor centro de exportación de ese mineral en el Reino Unido. Era algo así como vender hielo en el Polo o arena en el desierto, pero la fortuna quiso que la llegada de su barco coincidiera con una huelga en las minas, con lo que el cargamento se vendió solo.

Ya no sabia en qué gastar tanto dinero como atesoraba, así que se le ocurrió epatar a la burguesía local haciéndose llamar lord por el servicio, contrató a un poeta que le escribiera rimas elogiosas y acometió la reforma de una villa en Newburyport, Tracy House, para reconvertirla en un palacio.

Allí dispuso la construcción de cúpulas doradas, minaretes, un jardín al que se refirió con horror H.D. Thoreau y columnas que culminaban en 40 grandes estatuas de próceres americanos a 20.000 dólares de la época cada una. La última le representaba a él mismo y debajo hizo inscribir un lema:

«Soy el primero en Oriente, el primero en Occidente y el más grande filósofo del mundo occidental».

Aspecto de la casa palacio de Dexter (hoy biblioteca pública) con sus estatuas y todo.

Quizás para justificar esas palabras, Dexter decidió publicar un libro propio. Con el título A Pickle for the Knowing Onesera una vindicación de su persona, además de una sucesión de críticas contra los políticos e incluso contra su propia esposa. Una redacción diarréica y farragosa, de ortografía anárquica, con mayúsculas esparcidas al tuntún y sin signos de puntuación.

Cuando le echaron en cara aquella ausencia, reeditó la obra con un apéndice compuesto por comas, puntos y exclamaciones para que cada cuál las ubicara donde fuera preciso o, como decían las instrucciones, “para salpimentar como deseen”.

El apéndice con el kit de signos de puntuación.

En una prueba más de que ningún negocio se le resistía, la rareza del libro llamó la atención del mercado y llegó a vender hasta ocho ediciones del engendro.