
Cuando se pidieron voluntarios, ella sintió el impulso de ofrecerse a trepar al árbol y levantó la mano. A finales de los 90, Julia formaba parte del colectivo Earth First!, empeñado en evitar que la maderera Pacific Lumber Company acabara con una imponente y milenaria sequoia roja de más de 60 metros de altura, tal y como ya había hecho con cientos de hectáreas de bosque en el condado de Humboldt, al norte de California.
Era una más entre los jóvenes que, por turnos, pasaban unos pocos días encaramados allí arriba para impedir la tala, una forma de protesta habitual en campañas similares del movimiento ecologista. Pero Julia no bajó del árbol hasta dos años después.
Se puso un nombre de guerra, Julia “Mariposa” Hill, y bautizó el árbol como “Luna” en honor a la luz del satélite que alumbró la tarea de ensamblar dos plataformas a base de madera contrachapada y lona entre las gruesas ramas de la sequoia.
Una de las plataformas servía de despensa y almacén. La otra era mínima, apenas del tamaño justo para poder tumbarse. El 10 de diciembre de 1997, Julia subió al árbol equipada con un saco de dormir, una estufa portátil, un infiernillo para cocinar, linternas y un invento reciente que empezaba a popularizarse por aquellos años: un teléfono móvil alimentado por energía solar.
No tenía experiencia en ese tipo de acciones. En alguna entrevista posterior, Julia confesó que estuvo a punto de abandonar a causa del vértigo al mirar hacia el suelo mientras era izada hasta la copa con una cuerda y un arnés. Se sobrepuso al pánico y, una vez arriba, tuvo algo así como una epifanía: en lugar de permanecer allí los días pactados con sus compañeros, mantendría la guardia todo el tiempo que fuera necesario hasta conseguir un compromiso firme y salvar la vida de Luna.
Cuando se hizo pública su promesa empezaron a llover las llamadas de medios de comunicación interesados por la noticia. Respondió a todas, pese al acoso de los empleados de la maderera y el estruendo de un helicóptero sobrevolando la copa. Mientras, sus camaradas se las apañaban para burlar la vigilancia, subirle provisiones y entregarle los centenares de cartas de apoyo que comenzaron a llegar desde todos los rincones del país y que Julia contestaba una a una.

Tampoco tenía mucha más obligaciones. Cocinar en equilibrio precario, amaestrar ardillas, apañárselas como pudiera para hacer sus necesidades y asearse casi en seco con ayuda de una esponja. Aunque descubrió que lo mejor para moverse entre las ramas era no frotar demasiado las plantas de sus pies y dejarlas impregnadas de la pegajosa savia del árbol.
Pasó un invierno difícil, más crudo de lo habitual en la zona, con fuertes vientos y lluvias intensas, mientras la empresa se negaba a negociar con aquella joven de 23 años. Una de las plataformas quedó destrozada por la nieve y el granizo, así que su campamento en las alturas lucia un aspecto penoso. Se convirtió en un amasijo de ramas, telas y remiendos de cinta aislante donde era imposible mantenerse seco. Pero Julia estaba acostumbrada a las penalidades.
Tuvo una infancia errante como hija de una pareja de predicadores que se desplazaba en autocaravana por todo Estados Unidos en busca de feligreses. Cuando abandonaron esa vida y se establecieron en Arkansas, Julia sufrió un terrible accidente de tráfico. Un vehículo chocó con el suyo y se golpeó la cabeza contra el volante. Durante diez meses estuvo en terapia para recuperar la movilidad y la capacidad de hablar. Fue en ese período cuando se replanteó sus prioridades en la vida y decidió volver a la carretera, pero esta vez como activista ambiental.
“A medida que me recuperaba, me di cuenta de que toda mi vida había estado desequilibrada… Me había graduado en la escuela secundaria a los 16 años y había estado trabajando sin parar desde entonces, primero como camarera y luego como gerente de un restaurante. Había estado obsesionada con mi carrera, el éxito y las cosas materiales. El accidente me hizo darme cuenta de la importancia del momento y de que debía hacer todo lo posible para generar un impacto positivo en el futuro. El volante en mi cabeza, tanto en sentido figurado como literal, me condujo hacia una nueva dirección en la vida.”
Tuvieron que pasar 738 días para que la Pacific Lumber Company accediera a negociar. A cambio de 50.000 dólares que Julia obtuvo mediante donaciones y que debían compensar las pérdidas de la maderera por no poder talar la sequoia, la empresa se comprometió a preservar la vida de Luna y de otros ejemplares dentro de un pequeño perímetro de seguridad. El 18 de septiembre de 1999, dos años y ocho días después del inicio de la protesta, Julia bajó del árbol.

El pacto se ha cumplido hasta hoy. Incluso cuando allá por el año 2000 un desalmado hizo un profundo corte a Luna con una sierra mecánica. La empresa se ofreció a colocar unas gigantescas grapas metálica en la herida y salvar así la vida del árbol. Julia, que mantiene su activismo ecopacifista, lo visita de vez en cuando, aunque la zona no es accesible al público. Para ver, y desde muy lejos, la copa de esta sequoia roja hay que detenerse en un punto concreto de la carretera 101, cercana al santuario verde donde todavía se alza.

