Samuel Beckett es el dramaturgo del vacío existencial, de los escenarios desolados y de los personajes, como en Esperando a Godot, solitarios y sin expectativas, atrapados en un bucle de repetición e inacción, sumidos en diálogos mínimos donde no brilla precisamente el optimismo.

En la correspondencia privada, Beckett era igual de críptico y parco en detalles. Y parece aplicar a ella su propio aforismo: “Cada palabra es como una innecesaria mancha en el silencio y en la nada”.
Así ocurre en la postal que, desde Italia, envía el 23 de agosto de 1982 a Henry y Josette Hayden y que, como muchas otras, se conserva en la biblioteca del Trinity College en Dublín, institución a la que el Nobel irlandés expatriado legó sus cartas.
Con solo una imagen y una frase, esa postal (como otras similares que remitió a la pareja) evoca nostalgia, distancia, añoranza y el deseo de volver a ver a los amigos. En este caso, un paisaje alpino y un breve texto en el reverso: “Qué lentamente… Con cariño. Sam.”


