
La deriva de un buen número de disciplinas en los últimos cien años (pintura, escultura, música, literatura, arquitectura…) puede narrarse como un caminar firme hacia el abismo de lo desconocido, como un salto en la oscuridad para despojarse de lo superfluo y encontrar la esencia de lo real en su forma más pura: el vacío o el silencio. Pero los primeros pasos del viaje fueron menos graves y sesudos de lo que sugiere este párrafo…
En el París de finales del XIX los Salones, las exposiciones organizadas por la Real Academia de Pintura y Escultura Francesas, comenzaron a ser contestados por otros, organizados por artistas rebeldes y fuera de la norma.
Así ocurrió con el Salón de los artistas Rechazados para la exhibición oficial de 1863, el de los Impresionistas de 1874 (Monet, Renoir, Degas, Pissarro…) o el de los Independientes (Cézanne, Gauguin, Toulouse-Lautrec…). Ejemplos -ahora clásicos- de las revueltas contra el arte burgués.
Pero entre los protagonistas de la revolución artística de fin de siglo figuran también varias cuadrillas de alegres irreverentes que tuvieron su sede social en el mítico cabaret Le Chat Noir.
El Gato Negro, que peregrinó por distintas ubicaciones, fue fundado por Rodolphe Salis en 1881 y atrajo inmediatamente a jóvenes creadores de diferente calaña, como los fumistas o Les Hydropathes, liderados por el periodista Émile Goudeau, cuyo nombre de guerra se debía a su odio por beber agua y un desmedido gusto por el vino y la cerveza.
También nació allí otra cofradía de pícaros bohemios, la Société des Arts Incohérents, capitaneada por el escritor y editor Jules Lévy. Este club organizó sus propias exposiciones desde 1883 anticipando técnicas que ahora asociamos con las vanguardias artísticas. Pero desde un punto de vista, digamos, patafísico.
Algunos ejemplos de las obras mostradas en esas exhibiciones son las animaciones protosurrealistas de Ėmile Cohl o la Mona Lisa fumando en pipa de Sapeck, concebida con décadas de adelanto sobre la versión que pintarrajeara Duchamp con bigote y perilla en 1919.
Entre las piezas del primer salón figuraba un cuadro completamente negro atribuido al poeta Paul Bilhaud y titulado Negros peleando en una cueva de noche. Un lienzo de color puro fechado muchos años antes de que Kazimir Malevich provocara un terremoto en el mundo del arte con su Cuadrado negro sobre fondo blanco (1915) o de las White Paintings (1951) de Robert Rauschenberg.
Otro incoherente, el también periodista Alphonse Allais, era uno de los bichos más raros entre aquel tropel de bichos raros. En el París de las tabernas, prefería el café con leche al vino, lo que ya da pistas sobre su tendencia a la provocación y la blasfemia, y se ganaba la vida publicando artículos y relatos de un humor absurdo y descarado.
En el siguiente salón, Allais presenta la obra Primeras comuniones de jóvenes anémicas en la nieve, que no era más que un rectángulo pintado de blanco, y convirtió la ocurrencia en una serie al añadir en ediciones posteriores uno completamente verde, uno más en azul y otro de un rojo rabioso y sin matices.
La chufla siguió sumando colores y extravagantes títulos. Según dijo, se trataba de un homenaje a la inspiración que le supuso el cuadro negro de Bilhaud:
“El pintor al cual idealizo era aquel genial al que le bastaba un solo color para cada tela: el artista, osaría decir, monocroidal.”
Como quien no quiere la cosa y a lo tonto, lo cierto es que la elaborada broma de Allais abre con esa serie la senda del minimalismo, la abstracción o el formalismo monocromático de Hilma af Klint, Kandinsky o Malevich.
Pero, además, al presentar en otra edición el mismo cuadro rojo con un título alternativo (Cosecha de tomates por cardenales apopléticos a orillas del mar Rojo) aporta con sorna y desparpajo lo que puede considerarse como la primera crítica a los futuros excesos del arte conceptual.
No contento con tanta aportación al arte, agrupa todas las obras monocromáticas en un folleto editado en 1897, el Album primo-avrilesque, y añade de regalo otro trabajo visionario: la Marcha fúnebre compuesta para los funerales de un gran hombre sordo, una partitura en blanco acompañada de instrucciones para su ejecución:
“EL AUTOR de esta Marcha fúnebre se ha inspirado para su composición en ese principio aceptado por todo el mundo, que los grandes dolores son mudos.
Siendo mudos los grandes dolores, los ejecutantes deberán ocuparse únicamente en contar los compases en vez de entregarse a ese alboroto indecente que retira todo carácter augusto a las mejores exequias.”
Otra boutade de Alphonse, aunque en este caso le sirva para ganar la mano por medio siglo a la celebérrima 4’33” de John Cage que, en su concepción, viene a ser la misma obra.😜
La Gran Guerra y, en general, todo el siglo XX, pondrá en el centro de la reflexión artística el vértigo que causa la aparente ausencia de significado del mundo, para terminar abrazándolo y poder así seguir creando. Como dicen que dijo George Braque, “el jarrón da forma al vacío y la música al silencio”.
En 1958, Yves Klein escenifica ese recorrido al desnudar por completo las paredes de una galería de París y pintarlas de blanco, sin colgar nada en ellas. Pretende representar la ausencia de todo objeto como un estado mental y una promesa de liberación: un vacío que resulte más poderoso que la materia misma.

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