Otra ciudad que sufrió intensos bombardeos aéreos durante la Segunda Guerra Mundial fue Londres. El área que más o menos se correspondería con el primigenio asentamiento romano y la actual City financiera se llevó la peor parte, hasta quedar arrasada y perder la mayoría de sus vecinos.
Durante los años cincuenta, en plena efervescencia del estilo brutalista, se planteó construir en la zona un complejo de viviendas para 4.000 residentes que pudiera devolver la vida al barrio, justo en el lugar donde antiguamente estuvo la barbacana que reforzaba la muralla romana.
Y, aunque con variantes, se aplicó para el proyecto la biblia de la arquitectura brutalista: 130.000 metros cúbicos de hormigón rugoso y sin adornos (aunque se pensó revestirlos de mármol blanco) para levantar varios imponentes y masivos bloques geométricos que mostraban sin pudor su estructura interna y a los que se añadieron tres enormes torres (Shakespeare, Lauderdale y Cromwell) para rematar el proyecto.
Esas moles grises guardan algunas sorpresas, como la presencia de rincones verdes y láminas de agua que humanizan las enormes plazas y la monumentalidad del conjunto, o el añadido de pasarelas peatonales en altura, tendencia de una época que soñaba con un futuro de calles separadas de las vías para la circulación de vehículos.
También alberga vestigios de otros tiempos, como los restos de la muralla romana, la vieja casa gremial de los Ironmongers o la iglesia medieval de St. Giles.
Hoy el Barbican Center es un punto de atracción turística donde comparten espacio un centro cultural, un auditorio, una sala de cine, una biblioteca, un jardín botánico dentro de un enorme invernadero y la Guildhall School of Music and Drama, además de espacios abiertos donde pasear o descansar entre gigantes de hormigón.

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