
Arrancamos con la historia de uno de los varios delirios del Tercer Reich y de cómo marcó la vida de la cantante de ABBA Anni-Frid Lyngstad. Ya en 1935 el líder las SS, Heinrich Himmler, se obsesionó con la idea de depurar la raza aria. Como al parecer ni Himmler ni Hitler se miraron nunca en el espejo, despreciaban la diversidad de sus propios ancestros y empezaron a soñar con una Alemania uniforme llena de clones rubios y de ojos azules.
Así que Himmler tiró de presupuesto y abrió una oficina pública dedicada a ese propósito. En ella se patrocinaban estudios para coartadas científicas a sus teorías, se buscó la pureza racial en sitios tan improbables como las Islas Canarias y se puso en marcha el llamado proyecto Lebensborn.
Consistía en un rosario de instalaciones donde albergar, ofrecer sustento, asistencia médica y apoyo económico -en forma de dinero o de puestos de trabajo- a mujeres que se consideraran racialmente valiosas. Se instaba a los integrantes de las SS y, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, al resto de oficiales a procrear con ellas (también a los casados) para quedarse luego con los bebés o darlos en adopción a otras familias leales al régimen.

Resulta que los nazis veían en los noruegos unos modernos vikingos portadores de apetecibles genes nórdicos, así que al invadir el país en 1940 abrieron allí ocho centros del proyecto Lebensborn para promover las relaciones entre sus tropas y las mujeres de la Noruega ocupada.
Mujeres como Synni Lyngstad, embarazada de un soldado alemán, casado y de nombre Alfred Haase, que volvió a su país en precipitada huída cuando el Reich comenzó a desmoronarse en 1945. A pesar de la espantada del futuro padre, ella afirmaba que lo suyo era amor verdadero. Los vecinos, sin embargo, se apuntaban a la tesis de que se vendió al enemigo a cambio de un saco de patatas. Y aunque Synni no llegó a participar de las recompensas del programa eugenésico nazi, el ambiente se volvió irrespirable a su alrededor.
Porque a las más de ocho mil mujeres que participaron en el proyecto se las acusó de traidoras (junto a otros calificativos aún menos suaves) y sufrieron humillaciones públicas, además de verse sometidas a exámenes cuya conclusión era que mostraban trastornos mentales.
Sus hijos, los niños alemanes o tyskerbarn, no tuvieron mejor suerte. Salvo aquellos que fueron reconocidos legalmente y abandonaron Noruega, tuvieron que soportar durante años acoso, desprecio, abandono o internamiento y adopciones forzadas. Muchos no lograron superar nunca el estigma.

En vista del panorama, Synni Lyngstad escapó de las represalias y el escarnio huyendo junto a su hija y la abuela de la pequeña Frida a Suecia, aunque moriría allí apenas dos años más tarde. La niña, la futura vocalista de ABBA, creció con la idea de que su padre también había muerto, durante un naufragio, y tan solo muchos años más tarde descubrió que aún estaba vivo y residía en Alemania.
En los años setenta, ya encumbrada como estrella de la música, su marido y también componente de ABBA, Benny Andersson, organizó un encuentro entre ella y Hasse. Una breve reunión padre-hija que no tuvo continuidad pero que abrió a la prensa la posibilidad de indagar en la, hasta entonces, secreta infancia de la cantante.

La importancia de llamarse Enrique
Pero la relación de Frida con peculiares familias alemanas no termina aquí. Tras separarse de Andersson, se casó en segundas nupcias con el Príncipe Heinrich Ruzzo Reuss de Plauen, matrimonió que duró hasta la muerte de éste en 1999.
Bueno, pues agárrate: resulta que los Reuss, señores históricos de varios territorios en lo que hoy es el estado federado de Turingia, han mantenido durante siete siglos una tradición inusual, la de poner a todos los hijos varones el nombre de Heinrich.

La costumbre nació como homenaje y agradecimiento a los favores que les otorgó Heinrich VI, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico entre 1191 y 1197. Al principio es de suponer que se apañaban diferenciando a los nuevos Heinrichs como “el mayor”, “el mediano” o “el rubio”. Pero cuando la saga principesca creció, se multiplicó y hasta se dividió en distintas ramas, saber quién era cada cual empezó a resultar confuso hasta para ellos. Y no te digo para el cartero, por ejemplo.
Ya en el siglo XVI Enrique el Joven Póstumo, quizás porque él mismo precisaba de dos apodos para distinguirse del resto del clan o quizás (más probablemente) porque tuvo nada menos que diez hijos varones, decidió poner orden. Literalmente.
A partir de entonces al nombre de cada Heinrich de la familia le seguiría un ordinal para evitar malentendidos: Heinrich I, Heinrich II, Heinrich III…

No me preguntes cómo, pero la cada vez más extensa y desperdigada familia se las apañó para saber cuándo nacía un nuevo enriquito y qué número le correspondía en la lista. Para no alcanzar el infinito, una rama de los Reuss decidió que la numeración llegaría solo hasta cien para después reiniciar la cuenta. Otra rama empezó su propia lista, que se reseteaba a cero con cada cambio de siglo.
Por eso se dan paradojas como que al príncipe Enrique LXXIV le sucediera Enrique IX, cuyo hermanastro era, sin lógica aparente, Enrique XXV. Con la abolición de los privilegios nobiliarios y la disolución de los microestados alemanes al finalizar la Primera Guerra Mundial, parte la familia abandonó el uso de ordinales y los cambió por nombres compuestos. El hijo de Heinrich XXVI se llamó Heinrich Harry, su nieto fue Heinrich Enzio y su bisnieto, Heinrich Ruzzo, se convertiría en marido de nuestra protagonista de hoy. Feliz cumpleaños, Anni-Frid.
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