Carta excéntrica

Las cataratas de Bach (y Haendel)

Johann Sebastian Bach compuso más de mil obras y tuvo una veintena de hijos. Una vida intensa a la que contribuyó una salud de hierro solo empañada -nunca mejor dicho- por problemas de visión en la madurez. Aunque no está documentado, hay quien asegura que usó gafas de dos dioptrías para que la miopía no le impidiera escribir e interpretar sus partituras a la luz de las velas.

El problema se tornó más grave con el tiempo hasta derivar en cataratas o una afección similar. Cuando contaba 65 años, en 1750, familiares y amigos le animaron a buscar remedio y así, empujado por los consejos y la necesidad, cayó en las garras del primer hombre que se autodenominó ophtalmieater, un golfo de nombre John Taylor.

 

John Taylor, encantado de conocerse.

Taylor nació en Norwich en 1703. Su madre era boticaria y su padre un notable cirujano. Dispuesto a seguir la tradición familiar, estudió medicina en el Hospital Saint Thomas de Londres. Acabó especializándose en oftalmología, escribió un tratado sobre la materia que tuvo bastante difusión y realizó varias operaciones de cataratas en su ciudad natal.

Envalentonado por el súbito prestigio entre la profesión, inició una larga gira ofreciendo sus servicios allí donde se precisaran. Durante las siguientes décadas recorrió Gran Bretaña, Irlanda, Holanda, Francia, Suiza, la actual Alemania y hasta llegó a Portugal y España, pues se sabe de una visita a Madrid alrededor de 1737.

Pero, al hacer balance, resulta que se le daban mejor la teoría y el marketing que la práctica. Su plan de negocio consistía en anunciarse y comprar publicidad favorable en los periódicos locales de las ciudades que visitaba.

Preparado el terreno, hacía una entrada triunfal en un carruaje tirado por caballos negros, decorado en el exterior con dibujos de ojos y el lema “Qui visum, vitam da” (quien da la vista, da la vida).

En compañía de varios criados y asistentes y vestido con llamativos trajes hechos a medida en las mejores sastrerías de Europa, se dedicaba durante días a operar a pacientes sin descanso, muchos de ellos (según el propio Taylor) agradecidos miembros de distintas casas reales del continente.

Operación de cataratas. A. von Haller, Disputationes Chirurgicae Selectae, 1755.

El procedimiento para eliminar las cataratas era, digamos, traumático. A falta de anestesia más allá del alcohol, un asistente mantenía inmóvil al sujeto en una silla mientras el cirujano presionaba con fuerza sobre el párpado con una paleta hasta adormecer el área. Después perforaba la córnea con algo parecido a un gancho afilado en el extremo y desplazaba hacia abajo el cristalino, catarata incluida. Si había suerte, la pupila quedaba parcialmente despejada y recuperaba algo de visión.

Lo de “si había suerte” es literal, porque la intervención podía no servir para nada en absoluto, funcionar solo a muy corto plazo o complicarse con consecuencias graves. Si el daño era importante, para tratar las hemorragias, los desprendimientos de retina o las infecciones Taylor tiraba de remedios tan peculiares como laxantes, sangrías, colirios de sangre de paloma, azúcar o sal y, en caso de inflamación, un remedio del que aún no se sabía que era tóxico: mercurio.

La operación concluía con un apretado vendaje que, de forma muy conveniente, no debía retirarse hasta pasados unos días. Aquello permitía a Taylor cobrar la factura (muy elevada por lo general) y salir pitando de la ciudad hacia el siguiente destino.

Ejemplo de quirófano del siglo XVIII. Lorenz Heister, 1718.

En sus memorias, confesó haber dejado ciegos a cientos de pacientes a lo largo de su carrera, así que las reclamaciones de damnificados que, lejos de mejorar, perdían completamente la vista, estaban a la orden del día. Numerosos académicos y cirujanos comenzaron a poner en duda sus referencias y métodos y a tacharle sin reparo de charlatán y estafador. Al listado de críticos se sumó el poeta y ensayista Samuel Johnson:

“Nunca el arte del engreimiento fue desplegado a tal perfección […], un ejemplo de cuán lejos pueden llevar la imprudencia y la ignorancia.”

Por si fuera poco, Taylor era incapaz de mantener el dinero en los bolsillos, así que la falta de efectivo le empujo en ocasiones a fugarse de las hospederías sin pagar y también estuvo envuelto en varios pleitos por deudas.

A pesar de todos esos antecedentes, Bach decidió ponerse en sus manos cuando el célebre oftalmólogo recaló en Leipzig en 1750. A finales de marzo el compositor se sometió a una primera operación que le hizo recuperar la vista, pero sólo en parte y durante apenas unos días. Así que le pidió a Taylor que le echara un ojo por segunda vez.

El matasanos le intervino de nuevo entre el 5 y el 7 de abril, pero se largó de la ciudad al día siguiente sin esperar al resultado. El segundo intento fue aún peor que el anterior, ya que Bach quedó completamente ciego e incapacitado para seguir trabajando.

Tan solo cuatro meses después falleció y, aunque no fuera a consecuencia directa de una infección tras operarse, quizás le debilitara las defensas para cuando tuvo que enfrentarse a la apoplejía y la neumonía que acabaron con su vida.

Caricatura de John Taylor. Thomas Patch. Florencia, 1770.

El responsable de aquella chapuza continuó como si nada su gira por distintas ciudades alemanas, además de otras como Roma o San Petersburgo, aunque cada vez más acosado por las denuncias de fraude. De vuelta a Londres, se cuenta que aún tuvo tiempo de perpetrar otro atentado contra la Historia de la Música.

Ahora, a por Haendel

Londres era la residencia de George Friedrich Haendel. El músico nació a pocos kilómetros y en el mismo año que Bach, quien no llegó a conocerle en persona pero que idolatraba su trabajo. Y también tuvieron en común los problemas de visión. Con la misma pobre técnica oftalmológica, el oculista William Bromfield intervino de cataratas a Haendel, sin éxito, en 1752.

Pero alguna fuente local y el propio John Taylor afirman que el compositor le habría contactado para una segunda operación en Tunbridge Wells en agosto de 1758, pocos meses antes de fallecer. En este caso, el ictus que le provocó la muerte se asocia más al voraz apetito del músico y al plomo de los recipientes donde guardaba el vino y los licores (muy, pero que muy apreciados por Haendel) que al fallido intento de Taylor.

Anotación de Haendel en una partitura: “Hasta aquí este miércoles 13 de febrero de 1751, incapaz de continuar debido al debilitamiento de la visión del ojo izquierdo.”

Hay una leyenda más alrededor del torpe oftalmólogo, con aroma a justicia poética. No están claros ni el año ni el lugar de la muerte de John Taylor pero, entre las distintas versiones al respecto, una de ellas apunta a que falleció en un convento de Praga, arruinado y… totalmente ciego.