Carta excéntrica

El rey de la estafa de los mares del Sur

Las Islas Salomón se llaman así porque, en 1568, el explorador Álvaro de Mendaña creyó que aquel archipiélago del Pacífico podía ser el lugar donde se ubicaron las míticas minas de oro del rey bíblico. No andaba mal encaminado, porque en los años setenta una filial del grupo Río Tinto comenzó a explotar los enormes yacimientos de oro, plata y cobre de la mina de Panguna en Bougainville, la mayor de esas islas.

En aquel lugar y en aquellas fechas, Noah Musingku era apenas un niño. Un niño que aspiraba a salir de la miseria, convencido de las recompensas terrenales que aguardaban a quienes fueran fieles a los preceptos del culto pentecostal.

El rey en su despacho oficial. Foto: Torbjörn Wester.

Para hacer realidad su sueño, se estableció en Port Moresby, capital de Guinea Nueva Papúa, la nación en la que se integró la isla de Bougainville tras el fin del dominio australiano. Y allí lanzó en 1999 lU-Vistract, una oficina de inversión que prometía a los clientes el cien por cien de interés mensual para sus depósitos en lo que, como imaginarás, no era más que una estafa piramidal, un esquema Ponzi de libro.

Los primeros inversores recibieron algún pago puntual (dinero que salía en realidad de las aportaciones de los clientes más recientes) así que la esperanza de multiplicar fácilmente los ahorros motivó a muchos a sumarse al negocio. Se calcula que cerca del siete por ciento del PIB de Papúa Nueva Guinea acabó en manos U-Vistract y otros productos financieros similares.

Pero, como en todo esquema Ponzi, llegó un momento en que los nuevos inversores ya no eran suficientes para pagar los intereses de los anteriores. El castillo de naipes se desmoronó y comenzaron los retrasos en los pagos y las reclamaciones de los estafados. Cuando se cerró el chiringuito, millones de dólares habían pasado por las manos de Musingku, quien huyó hacia Bougainville.

Durante su ausencia, la isla se había convertido en una tierra de nadie. La crisis por el cierre de las minas alimentó el sentimiento independentista y Musingku alentó a uno de los líderes secesionistas, Francis Ona, a fundar el reino de Me’ekamui, un enclave al margen del control de Papúa.

Ona murió en 2005 y Musingku heredó el trono y se autoproclamó rey con el nombre de David Peii II. Instaló su corte en una vieja granja y reclutó a mercenarios para formar una pequeña milicia.

En la relativa impunidad que le ofrecía estar aislado en medio de la selva, se dedicó a poner en pie una nueva versión del negocio. Aunque esta vez corregida, aumentada y adaptada al sustrato cultural de Bougainville.

Captura de la web del banco creado por el rey David Peii II

Porque su esquema es, en el fondo, heredero de los llamados cultos cargo, sólo que actualizado y aderezado de fervor nacionalista y mesiánico. Los cultos cargo son un fenómeno extendido por el Pacífico con la llegada, primero, de los colonizadores con sus barcos cargados de mercancías y, durante la Segunda Guerra Mundial, con los envíos aerotransportados que caían sobre las bases militares o se repartían como ayuda humanitaria por los poblados. Eso generó en varias islas una respuesta religiosa peculiar: si aquellos extraños de piel pálida recibían (o les robaban a ellos) tanta riqueza, quizás existiera un ritual adecuado para atraerla.

Así que los nativos comenzaron a construir falsas pistas de aterrizaje para que los aviones de carga descendieran, a montar radios de madera para sintonizar con los espíritus que enviaban las mercancías y a vestirse como los soldados extranjeros sobre quienes se derramaban tantas bendiciones. La idea era que la riqueza llegaría, literalmente, caída del cielo siempre que supieran cómo invocarla. El más famoso de estos cultos, el de John Frum, sigue en la actualidad celebrando un festival anual en Vanuatu.

Culto cargo en la isla de Tanna, Vanuatu.

En el caso de Musingku, sustituyó las pistas de aterrizaje de pega por oficinas bancarias en barracones, con cajeros que nunca funcionan, y un gobierno autónomo que lidera vestido de militar, tocado con una corona de baratillo y un collar de conchas. En el despacho oficial, cuenta con un viejo ordenador portátil con el que envía correos a los inversores y actualiza una web precaria donde promete centuplicar los depósitos. Sus guías de gobierno son simples: creerse tocado por la mano de Dios gracias a una fe religiosa casi milenarista, la promesa de un futuro mejor para la isla y la idea de que el dólar y, en general, todo el sistema financiero mundial están a punto de derrumbarse.

El reino es un desafío a las autoridades de Port Moresby, pero carecen de fuerzas policiales o militares suficientes para evitar sus andanzas y parece que no consideran prudente desestabilizar aún más la zona después del fracaso de un primer intento de derrocarle en 2006.

El rey salió de aquello con una herida de bala en la mandíbula, pero con ánimos renovados para aumentar la apuesta encargando en Canadá, Rusia y Australia la impresión de billetes propios, el Bougainville kina o BVK, con su retrato en el anverso. Papeles de colores que no valen nada en los mercados, pero que son la moneda del futuro porque, dice, está avalada por las ingentes reservas de oro ocultas en el subsuelo, un tesoro que no considera necesario extraer y guardar en cajas fuertes.

Bueno, al fin y al cabo, nuestros billetes tampoco son más que una ilusión, un sistema de creencias por el que los aceptamos como método de depósito y de pago.

Musingku imprime su propio dinero, el kina de Bougainville. David Hempenstall.

Y como cada uno cree en lo que quiere, pastores evangélicos, empresarios en apuros, inversores de alto riesgo, ex delincuentes procesados por fraude, seguidores de conspiraciones de todo tipo y también gentes del común que ansían multiplicar sus ahorros sin esfuerzo siguen sosteniendo el esquema piramidal, aunque los pagos prometidos nunca llegan y el rey pide paciencia mientras va dando largas a quienes le reclaman sus dividendos. De momento, le funciona.