Carta excéntrica

El auténtico “falso nueve”

El futbolista brasileño Carlos Henrique el Káiser Raposo colgó las botas tras una carrera profesional de más de una década en la que nunca llegó a jugar un partido completo ni a meter un solo gol.

Según sus propios compañeros era un auténtico paquete, un negado para el juego. Sin embargo, a base de picardía y desparpajo, se las arregló para ir saltando de equipo en equipo con contratos de corta duración que le permitieron llevar un desahogado tren de vida.

Simpático y sociable, cultivó la amistad de grandes jugadores de los años ochenta y noventa. Entre ellos se contaban figuras del fútbol brasileño como Romario, Bebeto, Gaúcho o Rocha, que le acogieron en su círculo de confianza e, indirectamente, le facilitaron el contacto con distintos equipos.

Cuando conseguía un contrato, la mayoría de apenas unos meses, Carlos Henrique solicitaba al cuerpo técnico algo de tiempo para “ponerse en forma” y se pasaba las primeras semanas trabajando el físico. Pero sin jugar.

Bueno -debían pensar en el club-, parece que el muchacho al menos entrena duro. Y físicamente daba el pego por su planta atlética. No en balde, el apodo de Káiser le venía por su parecido con otra estrella de aquel entonces: Franz Beckenbauer.

El caso es que pasaban los días, pasaban las semanas, pasaban los meses y, al final, el entrenador agotaba su paciencia y decidía alinearle para algún encuentro. Pero, hay que ver que mala suerte, nada más salir al terreno de juego, Henrique chocaba con un contrario (a veces con un compañero), caía al suelo entre grandes muestras de dolor y pedía ser retirado del campo.

La fingida lesión, molestias en el aductor o el gemelo que ningún médico podía ni corroborar ni tampoco negar, se prolongaba hasta que finalizaba su contrato o el club se lo endosaba a otro equipo.

Así logró encadenar varias temporadas en las filas de conjuntos de Brasil (Botafogo, Flamengo, Vasco da Gama, Fluminense…), México o Estados Unidos.

En el caso del Bangu Atlético Clube utilizó una estrategia distinta cuando se vio obligado a debutar. Durante un partido que perdían por dos a cero, el dueño del equipo exigió al entrenador que pusiera a jugar de una vez a ese supuesto goleador aún inédito.

A la señal del técnico, Carlos Henrique saltó del banquillo, se quitó el chándal y, sin mediar provocación alguna, se encaró con alguien del público al azar hasta lograr ser expulsado por el árbitro. No llegó a tocar el balón.

Tras el partido, el propietario del Bangu, Castor de Andrade, le convocó a una reunión que presagiaba el inevitable fin de aquella farsa. Pero, antes de que el presidente pudiera comenzar el rapapolvo, el jugador le desarmó diciendo que fue el cariño por su empleador lo que provocó la tangana en la grada:

«Te estaban puteando, decían que sos un ladrón, vos sos un padre para mí y yo no lo iba a permitir».

Henrique salió del apuro y, además, se ganó una prórroga de seis meses en el contrato.

En su peregrinaje por distintas ligas llegó a saltar el charco y jugar en Francia, en las filas del modesto Ajaccio. En la presentación ante los aficionados, no sólo conquistó sus corazones besando una bandera corsa, también se dedicó a regalar pelotas pateando hacia el graderío todas, absolutamente todas las disponibles para un entrenamiento con balón cara al público que, como adivinarás, no se pudo celebrar. La honra quedaba a salvo.

Otros engaños eran más burdos. Para reforzar su imagen de crack del fútbol por quien suspiraban los mejores equipos del mundo, acostumbraba a simular que recibía falsas llamadas en inglés en las que supuestamente le ofrecían jugosos contratos para cambiar de aires.

Hasta que le pillaron, claro, porque alguien se dio cuenta de que su inglés era inventado y, encima, el móvil que aparentaba utilizar era en realidad un enorme teléfono de juguete.

Para engordar el curriculum, llegó a decir que en 1984 se proclamó campeón de la Copa Libertadores con la plantilla del Independiente. Pero en la foto oficial de aquel encuentro no aparece Carlos Henrique, sino Carlos Enrique, sin hache, un futbolista argentino que nada tiene que ver con el Káiser.

Como descaro jamás le ha faltado, el delantero que nunca jugó un partido completo y nunca metió un gol aún reivindica sus trapacerías en las entrevistas que concede. En ellas se presenta como un émulo de Robin Hood, un héroe para todos los jugadores humildes en un mundo de abusos:

«Los clubes han engañado y engañan mucho a los futbolistas. Alguno tenía que vengarse por todos ellos».