Carta excéntrica

Caperucita y los lobos

Formó parte de la recopilación de los hermanos Grimm, pero la versión canónica del cuento de Caperucita Roja es la de Charles Perrault, incluso aunque el francés apostillara la historia con una moraleja final. Literalmente:

“La niña bonita, la que no lo sea,
que a todas alcanza esta moraleja,
mucho miedo, mucho, al lobo le tenga,
que a veces es joven de buena presencia,
de palabras dulces, de grandes promesas,
tan pronto olvidadas como fueron hechas”.

 

Truquillo excéntrico: Si la cesta lleva botella, es la versión de los Grimm.

Su texto parte de la tradición oral, de los diferentes relatos sobre niñas vagando por el bosque y lobos malvados que circulaban en Francia desde mucho antes. Tanto, que la primera huella que nos ha llegado es una breve narración escrita por un monje del siglo XI: Egberto de Lieja. 

En ella aparecen ya los personajes principales del cuento (salvo la abuelita) y también la caperuza encarnada, aunque aquí no hay engaño por parte del lobo y es la intercesión divina la que desencadena el final feliz:

“Lo que os digo, en el campo se cuenta de igual modo y no es tan sorprendente como digno de crédito. Al sacar en la iglesia a una niña de pila le regalaron una caperuza roja. La quinta quincuagésima se celebró el bautizo cuando al alba la niña cumplía cinco años. 

Después, mientras andaba sin cuidado ninguno, le salió al paso un lobo que se la llevó al bosque y dejó por comida la presa a sus cachorros que la acosaron juntos, y, no pudiendo herirla, mansamente empezaron a lamer su cabeza. 

– No me rompáis, ratones, dijo entonces la niña, esta caperucita que me regaló mi padrino. Templa el Dios que los hizo, los destemplados ánimos”.

Después podemos encontrar representaciones de Caperucita en bajorrelieve que datan del siglo XV y, durante más de cien años, entre 1520 y 1630, se prodigaron las noticias de asaltos a jóvenes pero con variantes, como la llamada “epidemia de los hombres lobo”. 

Se multiplicaron en esa fechas los juicios por licantropía. Procesos donde jugaron un importante papel la superstición, las rencillas personales y las diferencias religiosas entre vecinos, pero que dieron alas a la idea de que cientos de licántropos campaban a sus anchas devorando infantes. 

Es el caso de los hermanos Pierre y Michel en Besançon o el más famoso de todos, el de Jacques Rollet, el Hombre Lobo de Chazes. Detenido en agosto de 1598 por matar y zamparse a un chico de quince años, acabó confesando haber hecho lo mismo con varios niños más.

Sin sugerir que haya relación directa, tampoco sería sorprendente que, en esa atmósfera y pocos años después, a Perrault se le ocurriera cristalizar en un solo relato los sucesos que corrían de boca en boca.

Como la realidad imita al arte, en abril de 1764 una alimaña atacó una joven pastora en la región de Gévaudan, en el centro del triángulo que forman Toulouse, Lyon y Marsella. Una vez repuesta del susto, la joven declaró que era un lobo.

Y que no parecía un lobo. Misterio misterioso.

Lobo, perro salvaje o sádico demente (posibilidad que también se barajó), fue el primero de un centenar de ataques en la zona. La alarma provocó batidas populares, el despliegue de los Dragones del Rey y hasta la contratación de dos prestigiosos cazadores.

Todos fracasaron.

En vista del malestar creciente entre sus súbditos, Luis XV encarga la tarea de aniquilar a la bestia nada menos que al Arcabucero Real, François Antoine.

Después de que una aguerrida paisana, Marie-Jeanne Valet, lograra herirlo en un encuentro, Antoine finalmente se cargó al bicho, que resultó ser un enorme lobo de 60 kilos.

Monumento a Marie-Jeanne (y a la Bestia). Auvers.

Bueno, mató a uno de ellos porque, tras unos meses de calma, en la primavera de 1757 se reanudaron los ataques. Menos mal que otro cazador de nombre Jean Chastel (ya tenemos a todos los personajes del cuento) eliminó a la segunda y también desproporcionada alimaña usando, según cuenta la leyenda, una bala fundida a base de medallas de plata de la Virgen.

La Bestia -embalsamada- se exhibe ante la corte de Luis XV.

En la historia de Caperucita se indica ese riesgo real, el de toparse con fieras que medran en los bosques, a solo un paso de granjas y pueblos. Pero las bestias de los cuentos populares -y las de Perrault- son a menudo construcciones simbólicas teñidas de características propias de los hombres; modos de alertar sobre los impulsos primitivos o violentos, de advertir de los peligros de lo desconocido o de justificar el recelo ante lo extraño o lo diferente.

Bruno Bettelheim también apuntaba más allá de lo obvio. Quizás demasiado más allá. Su compleja interpretación de Caperucita mezcla el despertar sexual, la rebelión contra la autoridad materna, la figura del padre, el complejo de Edipo… Pero el psicoanalista austríaco viene a colación aquí por otro motivo.

Bettelheim considera los cuentos como una herramienta que ayuda a expresar contradicciones, superar miedos y alcanzar la madurez. Y, frente a versiones más edulcoradas, celebra esos clásicos que hoy se nos antojan crueles o violentos pero que  “presentan a los niños, por el contrario, la realidad tal cual es. El amor mezclado con el odio, la angustia, el sufrimiento, el miedo a ser abandonado, la vejez, la muerte: el mundo en que vivimos y que muy a menudo tratamos de ocultarles”.