El cuatro de julio de 1961 un grupo de jóvenes italianos cruza la frontera entre Francia y España por Puigcerdà. Dicen ser turistas con ganas de vivir los sanfermines, pero en realidad son activistas de Cantacronache, un grupo de músicos comprometidos con el arte como medio de protesta política. En su equipaje ocultan una grabadora y muchas bobinas de cinta abierta, pues el plan consiste en viajar por el norte del país registrando canciones que el régimen franquista jamás permitiría entonar en público.

Giorgio De Maria, Margot Galante, Lionello Gennero, Gianma Germano, Emilio Jona, Sergio Liberovici y Michele Straniero recorrieron más de 6.000 kilómetros en apenas tres semanas, aunque entraron y salieron del país en fechas distintas para despistar a las autoridades y se dividieron tanto las etapas como las tareas: Barcelona, Guadalajara, Madrid, Galicia, Asturias, Euskadi…
Grabaron miles de metros de cinta y sacaron un millar de fotografías de una España empobrecida y amordazada.Registran viejas canciones políticas, versiones de temas conocidos con letras que critican al régimen, coplas tradicionales, parodias del Cara al sol, melodías populares en esos años y hasta composiciones originales, algunas de las cuales se revelarían más tarde obra de autores como Jose Agustín Goytisolo (Canción de Paz), el escritor Jesús López Pacheco o el poeta Celso Emilio.

Pero también recogen la voz de otros muchos: sindicalistas, maestros y estudiantes, pescadores, mineros, campesinos o vecinas de las poblaciones que atraviesan y que les interpretan canciones en castellano, en euskera o en gallego. Y, sin haberlo previsto, hasta se les arranca a cantar un taxista.
Algunas grabaciones salieron de España en avión a mitad del proyecto o a través de Andorra gracias a los servicios de un contrabandista. Al final del viaje, y para no guardar todos los huevos en la misma cesta, escamotearon en la frontera de Irún parte del botín mientras que las últimas cintas eran sacadas del país por Gianma Germano viajando en solitario en un autobús de línea hacia Bayona para reagruparse de nuevo en Toulouse.
El resultado fue un libro, Canti della nuova resistenza spagnola 1939-1961, que por el contenido de algunas letras desató el escándalo en Italia, donde tanto el editor como los autores fueron condenados a cuatro años de cárcel aunque, finalmente, la sentencia sería revocada por un tribunal de casación.
En España se tildó de libelo en un comunicado oficial del gobierno publicado por ABC y que, como ofrenda servil hacia el recién nombrado ministro de Información y Turismo (Fraga Iribarne), iba acompañado de una Nota de la Redacción en la que se califica el libro de “engendro blasfemo-político-pornográfico”.

Con esa publicidad gratuita, el libro fue un éxito y se reimprimió en varios países. Un recopilatorio de las versiones que hicieron los músicos italianos sobre el material grabado está disponible en Spotify y en RTVE Play puedes ver el reciente documental de Pablo Gil sobre la aventura, con el título La marsellesa de los borrachos.
Gallo rojo, gallo negro
La indignación franquista, con la excusa de una cuarteta anticlerical, pedía el secuestro y destrucción de todos los ejemplares y reclamaba la excomunión de los autores, pero eso no desalentó a los imitadores. Poco después de aquel escándalo, en el verano de 1963, dos estudiantes suecos de una organización izquierdista llamada Clarté llamaron a la puerta de un piso del exclusivo barrio de El Viso, en Madrid. Allí aguardaban la visita de aquellos jóvenes Chicho y su esposa.
Chicho era el apodo familiar de José Antonio Julio Onésimo Sánchez Ferlosio, al que le cayó esa ristra de nombres en la pila bautismal en homenaje a los fundadores de Falange, organización a la que pertenecía su padre, Rafael Sánchez Mazas, a la sazón inventor de la consigna ¡Arriba España! y cuya vida e inesperado requiebro a una muerte anunciada se glosan en el libro de Javier Cercas Soldados de Salamina.

El caso es que todos hijos le salieron díscolos. Eran Rafael Sanchez Ferlosio, casado entonces con Carmen Martín Gaite, ganador del premio Nadal por El Jarama y autor de ese raro diamante irisado que se titula Industrias y andanzas de la Alfanhuí, Miguel, filósofo, matemático y militante socialista en el exilio, la activista feminista Gabriela y el benjamín, Chicho, sin oficio ni beneficio y recién salido de la mili en el Sáhara, pero al que se le daba bien lo de escribir y cantar.
Y a eso fueron los dos estudiantes suecos, Sköld Peter Matthis y Sven Göran Dahl. A grabar solo con voz y guitarra algunas de sus composiciones, haciendo bueno aquello de que la estancia que mejor suena en una casa es el cuarto de baño. En menos de una hora dejó grabadas seis canciones. Entre ellas, la Canción de Julián Grimau, el político comunista al que Franco había fusilado apenas unos meses antes.

Otro militante comunista, el escritor Alfonso Grosso, se encargó de transportar las cintas a Estocolmo en el viaje de vuelta. A principios de 1964, Clarté prensó dos mil copias de un disco cuya portada reproducía un grabado del pintor exiliado José Ortega: un gallo rojo enjaulado y un gallo negro con el yugo y las flechas de la Falange. El nombre del autor e intérprete no aparecía por ningún lado “por razones de seguridad”.
En menos de un año ya había ediciones del disco en Argentina, Chile, Francia e Italia. Alguien hizo circular copias también dentro de España, pero con una carátula donde, para burlar a la censura, aparecía como intérprete un tal Mats Antonsson y bajo el título Canciones populares suecas del siglo XX.😅
El resto es historia. Aquel Gallo rojo, gallo negro y otras canciones suyas serían versionadas por Joan Baez, Víctor Jara, Quilapayún o Joaquín Sabina y, en 1977, fueron también reinterpretadas ya sin cortapisas por el propio Chicho: