El incendio del Iroquois Theatre de Chicago el 30 de diciembre de 1903 fue, con sus 607 fallecidos, la tragedia con mayor pérdida de vidas humanas ocurrida en un edificio estadounidense. Hasta el 11-S, claro.
El teatro ofrecía aquella mañana una función para todos los públicos y, en esas fechas navideñas, se abarrotó hasta exceder por mucho el aforo de 1.200 localidades. Al desatarse el fuego desde el escenario, ni el telón de acero ni ningún otro sistema de prevención respondió como se supone que deben funcionar los sistemas de prevención.
El trágico balance de muertes -y la presión de la opinión pública- hicieron que las autoridades se plantearan tomar medidas para evitar desastres similares en el futuro.

El V. que multiplicó su negocio
Entre los inventos surgidos a raíz del incendio, y aunque ya existían métodos parecidos en Gran Bretaña, en 1908 se patentó en Estados Unidos el primer modelo de barra antipánico para facilitar la apertura de las puertas de emergencia.
Lo diseñaron el ingeniero Henry H. DuPont y Carl Prinzler, un ferretero que tenía entradas para aquel fatídico día pero que finalmente no acudió al Teatro y salvó la vida. Se comercializó con la ayuda de un tercer socio, Clemens V., el primer miembro de la saga que nos ocupa.
En aquel momento, estaba recién llegado a la vicepresidencia de la empresa de ferretería y distribución de maquinaria que regentaba su familia, así que tenía que responder a las expectativas puestas en él para liderar la nueva etapa del negocio.
Cuando le propusieron ampliar el catálogo de productos con la venta de barras antipánico, Clemens apostó la iniciativa y vio cómo aquella idea, nacida del fortuito incendio de un edificio tristemente famoso, engordaba la caja registradora, pues los pedidos para instalar el nuevo sistema de seguridad comenzaron a llegar por cientos.
El V. que construyó media ciudad
El segundo hijo de Clemens, Bernard V., trabajó por algún tiempo en la empresa familiar, pero sin demasiado entusiasmo, pues no tenía alma de comerciante.
Lo suyo era diseñar y construir, y a eso se dedicó finalmente hasta convertirse en un reconocido arquitecto. Su memoria aún perdura en Indianápolis por transformar el skyline de la ciudad, ya que fue autor de varios edificios notables que forman parte del Registro Nacional de Lugares Históricos, como la residencia de estudiantes de la Universidad de Indiana, la Cámara de Comercio o el Ateneo local.

El V. del giro inesperado
El primogénito de Bernard, Kurt V., también se dedicó a la arquitectura. Y fue el protagonista de un encargo increíble. La compañía telefónica Indiana Bell necesitaba ampliar sus instalaciones, así que pensó en demoler la sede central y construir otra nueva y más grande en el mismo solar. El problema era cómo hacerlo sin verse obligados a interrumpir el servicio a miles de clientes durante el tiempo que duraran las obras.
Kurt y sus socios le dieron vueltas al asunto y propusieron una idea loca: en lugar de demoler el edificio, lo harían girar 90 grados para aprovechar mejor los metros de suelo disponible y después construirían los anexos precisos para las necesidades de espacio de la empresa. Y todo esto, ojo, con los 600 trabajadores dentro y sin interrumpir sus tareas.

En noviembre de 1930, el edificio de 7 pisos se elevó a tres metros de altura con enormes gatos hidráulicos. Se colocó debajo una base firme de hormigón y, encima de esa plataforma, se dispusieron cientos de gruesos troncos para que aquella mole pudiera rodar sobre ellos a una velocidad de 38 centímetros al día.
Al mismo tiempo, parchearon conducciones de agua, bajantes, cables eléctricos y telefónicos con tubos de materiales flexibles y se construyó una pasarela semicircular que permitía entrar y salir del inmueble móvil.
El traslado duró poco más de un mes, 34 días en los que los empleados acudieron a sus puestos de trabajo como siempre. Mientras emitían facturas, cuadraban cuentas, atendían a los clientes o gestionaban la red telefónica, solo una pequeña vibración y el cambiante paisaje que veían desde las ventanas les recordaba que 11.000 toneladas de ladrillo se estaban desplazando bajo sus pies a paso de tortuga.
Todo salió según lo previsto y Kurt pasó a la historia como el arquitecto que dio un giro inesperado al edificio de la Indiana Bell.

El V. que se inspiró en un apocalipsis
Su hijo mayor, cuarto personaje de este fresco familiar, también se llamaba Kurt. Pero no siguió los pasos profesionales del padre y del abuelo. Nada de edificios singulares… de momento.
Pasó la juventud picoteando entre diversas disciplinas y sin encontrar su verdadera vocación hasta que Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial y Kurt se alistó como soldado.
Fue capturado por los alemanes en diciembre de 1944 y recluido en Dresde. En febrero del año siguiente, los aliados desataron un diluvio de bombas sobre esa localidad, provocando entre 25.000 y 40.000 muertes de civiles y arrasando la ciudad hasta los cimientos.
Pero los prisioneros americanos sobrevivieron refugiados en el sótano de un antiguo matadero, unos de los pocos edificios que aguantaron en pie.

Y sí, efectivamente, el Kurt que salvó la vida de milagro era el escritor Kurt Vonnegut. Entre la sátira y la autobiografía, novelar la historia de aquel apocalipsis bajo el título Matadero cinco le convirtió en un autor de fama internacional.
El viejo matadero -hoy sede del centro de exposiciones Messe Dresden– resultó ser, como lo fueran otros edificios para la familia V. en el pasado, el escenario y el detonante de un radical cambio en su vida.
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