Carta excéntrica

El astrónomo que a veces veía canales

Percival Lowell era de familia bien, muy relacionada y con bastante dinerico. Eso le permitió estudiar matemáticas en Harvard (donde su hermano era uno de los peces gordos) y viajar por el mundo para documentar sus libros sobre Japón y Corea. En fin, otro estadounidense rico y un poco snob de finales del XIX living la vida loca. Pero entonces cayó en sus manos la obra de un hombre que cambiaría su destino: el francés Camille Flammarion.

Era un coetáneo suyo, astrónomo, divulgador y espiritista (no necesariamente por ese orden) que publicó varios ensayos en los que apostaba, sin prueba alguna, por la existencia de vida extraterrestre. Percival, que tenía tiempo, posibles y bastante ego, decidió que si alguien podía demostrarlo era él, así que se gastó una fortuna en construir su propio observatorio profesional en Flagstaff, Arizona, y apuntó el telescopio a Marte.

La elección no fue casual. Desde décadas antes, ese planeta sonaba como candidato a albergar vida gracias a otro astrónomo, este italiano, de nombre Giovanni Schiaparelli.

Representación de Marte basada en las observaciones de Schiaparelli en 1877.

Schiaparelli era metódico, obsesivo y detallista, pero también (glups) miope y daltónico. Ajustando el enfoque a sus problemas de visión y fijándose más en el contraste que en los tonos de color del planeta, había observado en la superficie de Marte algo que sus colegas no detectaban: un patrón lineal, unas rayas finas y oscuras que bautizó como canali.

«Más que verdaderos canales […] debemos imaginar depresiones del suelo no muy profundas, extendiéndose en dirección rectilínea por miles de kilómetros. […] Ya he señalado una vez más que, de no existir lluvia en Marte, estos canales son probablemente el principal mecanismo mediante el cual el agua (y con ella la vida orgánica) puede extenderse sobre la superficie seca del planeta.»

En la traducción a otros idiomas se sobrentendió que esos “canales” eran resultado de las dotes para la ingeniería de una civilización inteligente. Y a ese canal sin agua se lanzó Percival de cabeza. Lowell sabía lo que quería encontrar antes de ponerse delante del telescopio, así que enseguida observó y dibujó con espíritu artístico una intrincada red de canales que ningún otro astrónomo veía. Salvo Schiaparelli, claro.

En 1895 publicó el primero de sus tres libros dedicados a Marte. Defendía que los canales formaban una trama hidráulica de más de 700 kilómetros y que solo podían ser obra de una civilización deseosa o necesitada de llevar agua desde los casquetes polares hacia las zonas habitadas del ecuador.

El hallazgo en el New York Times, 8 de agosto de 1907.
La fontanería marciana va viento en popa, New York Times, 27 de agosto de 1911.

Aquello le supuso fama inmediata y hay quien dice que fue la semilla de buena parte de la literatura posterior sobre extraterrestres. No en balde llamamos marcianitos a jugar al Space Invaders y marciano, en general, a todo alienígena. 👽

H. G. Wells supo de los trabajos de Lowell y publicó en 1898 La guerra de los mundos, una historia donde los marcianos huyen de su planeta moribundo e invaden la Tierra. Un filón argumental que explotaría, también inspirado por el astrónomo, Edgar Rice Burroughs en la primera entrega de la saga de aventuras John Carter.

Una princesa de Marte. Primera edición de 1917.

No fue su único estudio polémico. Años antes ya se descolgó con el anuncio de la observación de unos extraños vórtices, como gigantescas tormentas de rayos, en Venus y quede nuevo, nadie más podía contemplar. Casi ni el propio Lowell, quien solo los veía al ajustar de un modo muy concreto las lentes del telescopio.

Un optometrista jubilado, Sherman Schultz, dijo en 2003 que esa configuración era similar a la que usaba para detectar cataratas en sus pacientes, por lo que sostiene como probable que las líneas que el astrónomo intuía en Venus solo eran el reflejo de los vasos sanguíneos de su propia retina. 😱

Tras esos quehaceres, pasó sus últimos años de vida buscando una explicación a otro misterio, el de las órbitas anómalas de algunos cuerpos en los confines del Sistema Solar. La solución para explicar ese fenómeno debía ser la existencia de un noveno planeta, del que supuso una masa y poder gravitatorio descomunales y una hipotética ubicación más allá de Neptuno: el Planeta X.

Percival Lowell murió en 1916. Legó a sus colaboradores el encargo de despejar esa X, el observatorio y dos millones de dólares para los gastos. Pero también dejó viuda, y Constance Lowell no estaba dispuesta a conformarse con el coche, la renta vitalicia y los 15.000 dólares en efectivo que le tocaron en el reparto de bienes.

Ella tenía 44 años y Percival 53 cuando se casaron. La boda fue una sorpresa para todos, porque se daba por supuesto que la estrecha y prolongada relación que mantenía el astrónomo con su asistente Wrexie Leonard era más que profesional.

Para ser honestos y justos con ella, asistente es decir poco. Leonard publicó sus propias investigaciones y fue miembro de la Sociedad Francesa de Astronomía. El inesperado matrimonio se achacó a un posible veto familiar a Wrexie por la diferencia de posición social entre la pareja de científicos. En contraste, Constance formaba parte de la alta sociedad y ella misma gestionaba una gran cartera de propiedades inmobiliarias.

Personal del Observatorio Lowell en el Telescopio Clark en 1905. Harry Hussey, Wrexie Leonard, V.M. Slipher, Percival Lowell, Carl Lampland y John C. Duncan.