Carta excéntrica

Las muchas rarezas de Erik

En esta Carta ya hemos ido en alguna ocasión a pasar el rato a Le Chat Noir, uno de los abrevaderos de referencia para la bohemia parisina de entre siglos. Cada mesa del local guarda mil historias fascinantes y remite a otros tantos personajes. Por ejemplo, en uno de sus rincones acostumbraba a sentarse Suzanne Valadon, artista y también musa y modelo de Degas, Toulouse Lautrec o Renoir.

 

Autorretrato en el espejo, Suzanne Valadon, 1927.

Bautizada como Maria Clementine, Valadon se tuvo que buscar la vida desde muy joven trabajando como trapecista en un circo y, más tarde, haciendo otros equilibrios con las finanzas domésticas y bregando como madre soltera para sacar adelante a un niño que, al final, sería reconocido como hijo por el pintor catalán Miquel Utrillo.

Fue Degas quien vio en ella algo más que una modelo de intensos ojos azules y decidió apadrinar una carrera artística que la llevaría a entrar en la Sociedad Nacional de Bellas Artes y, ya en nuestro días, a colgar sus obras en museos como el Pompidou o el Met.

Entre sus primeros retratos hay uno del músico Erik Satie, con quien tuvo una breve y tormentosa relación como no podía ser menos teniendo en cuenta la personalidad de ambos. Porque Suzanne era excéntrica hasta el punto de pasear por Montmartre con un ramillete de zanahorias y una cabra (encargada de comerse los dibujos que no le gustaban) o, en los años de vacas gordas, alimentar a su gato con caviar. Y sobre Satie… Bueno, Satie era más raro que un perro verde.

Retrato de Erik Satie. Suzanne Valadon, 1893.

Siendo un chaval y debido a su indolencia, pereza y carácter difícil en general le echaron dos veces de la escuela de música:

“Mi Espíritu era tan dulce que no pudisteis comprenderlo; con vuestra falta de inteligencia me hicisteis detestar el burdo Arte que enseñáis; con vuestra rigidez, me hicisteis despreciaros durante mucho tiempo.”

Pero volvió a retomar los estudios cuando, ya consagrado como autor, decidió matricularse en la Schola Cantorum para estudiar contrapunto desde cero, rodeado de imberbes que flipaban viendo allí al maestro. Acostumbraba a componer de cabeza, escribiendo melodías en diminutos papelitos en mitad de un paseo o, si se le echaba la noche encima, a la luz de las farolas.

Tocaba el piano en Le Chat Noir y otros garitos de moda, como el Auberge du Clou, ingresó en oscuras órdenes místicas y hasta para tuvo tiempo de fundar su propia iglesia. El nombre era Église Métropolitaine d’Art de Jésus Conducteur y su misión era combatir la estética y la moral de la época, que consideraba decadentes.

Con un solo feligrés, él mismo, se proclamó Maestro de Capilla y escribió furibundos panfletos contra la mayoría de los críticos musicales, excomulgando a diestro y siniestro. No se libraron de las invectivas ni siquiera antiguos y grandes amigos, como Debussy o Ravel, de quien dijo que “rechaza la Legión de Honor, pero toda su música la acepta.”

Autorretrato con la frase: «Vine al mundo muy joven en un tiempo muy viejo.»

La fobia a los tranvías hizo que se pegara caminatas tremendas entre los bares del centro (donde se ponía tibio de absenta) y su domicilio, en el número 34 de la rue Cauchy de Arcueil, a las afueras de París. Diez kilómetros que recorría a pie (ida y vuelta) maqueado con alguno de sus trajes verdes, paraguas, bombín y, cuenta la leyenda, pertrechado con un martillo como autodefensa. Una costumbre que mantenía hiciera calor o cayeran chuzos de punta, con la proverbial determinación que se les supone a los carteros.

Esa personalidad se trasladó a su obra. Inventó la música de mobiliario, que hoy llamaríamos música de ascensor. Piezas como Tapicería de hierro forjado para la llegada de los invitados (gran recepción) Revestimiento acústico (se puede tocar en un almuerzo o en un contrato matrimonial), pensadas para sonar de fondo mientras la gente charlaba, comía o caminaba por una sala. Los primeros oyentes no entendían nada y se sentaban a escuchar respetuosamente, como el público de un concierto tradicional. Así que Satie tenia que zarandearles para que se movieran en lugar de quedarse pasmados y atónitos.

A Debussy, quien le reprochó ausencia de forma en sus obras, le dedicó con retranca una composición de la que se hablará más adelante: Tres piezas en forma de pera. Toma formalismo, Claude.

Cuando la absenta le ganó la partida a su hígado y le mandó al otro barrio el uno de julio de 1925, los amigos del músico franquearon (¡por primera vez en un cuarto de siglo!) la casa donde vivía y encontraron muchas más evidencias del peculiar carácter de Satie.

Al hacer inventario, aparecieron decenas de paraguas (algunos sin estrenar), una colección de trajes idénticos y ochenta y cuatro pañuelos. Además, dos pianos, pero uno sobre el otro, cubiertos de polvo y con los pedales sujetos con cuerdas. Al parecer, no los había tocado en años y los usaba como cajones para guardar cientos de pequeños dibujos de castillos, paisajes y caricaturas, además de partituras inéditas.

Uno de los pequeños dibujos de castillos de Satie.

También había cartas de amor a Suzanne Valadon que nunca envió. Y es que no hemos contado como acabó el noviazgo. Tras el primer encuentro, Erik le pidió matrimonio. Ella tenía mucha más calle que el músico y toreó la pregunta. A los seis meses le abandonó y Satie se lo tomó muy malamente. Colgó un cartel en la ventana donde informaba al vecindario de la primera y última noche que Valadon pasó allí, como una crónica pública de su amor agostado, y se encerró sin salir durante semanas. No se le conoce desde entonces relación con ninguna otra mujer.

De aquel retiro salieron al menos dos composiciones. La obra Bonjour Biqui, Bonjour!, dedicada a ella aunque no llegó a entregársela, y también Vexations, inspirada en su interés por el médico y alquimista Paracelso.

Es una pieza para piano de pocos compases pero que, según las indicaciones de la partitura, debían repetirse 840 veces. Hubo que esperar hasta 1963 para que John Cage organizara la primera interpretación pública en Nueva York, con diez pianistas turnándose durante casi veinte horas. Cuentan que se aprovechó la cita para un estudio que debía analizar los efectos fisiológicos de esa experiencia tan exigente sobre los intérpretes. Algo que, casi con certeza, a Satie le habría parecido lo mejor de todo el asunto.