Carta excéntrica

La extravagante cocina del futuro

No contento con revolucionar la vanguardia artística italiana y contagiar de sus sueños futuristas la pintura, la literatura o la danza, Filippo Tommaso Marinetti decidió que todo el mundo debería sentarse a la mesa para degustar obras de arte.

En 1910, apenas un año después de la publicación del Manifiesto Futurista, aquel donde decía eso de que “…un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia”, Marinetti y el chef francés Jules Maincave celebraron en un teatro de Trieste una cena inspirada en sus principios artísticos, invirtiendo el orden habitual de los platos y uniendo ingredientes y sabores como nunca se hizo hasta entonces. Plátano con queso, arenque con gelatina de fresa y todo en ese plan.

Fragmento del manifiesto de Maincave publicado en Fantasio.

Ambos fantasearon con abrir un restaurante en París donde dar rienda suelta a su creatividad y Maincave llegó a publicar el 1 de septiembre de 1913 en la revista Fantasio el primer “Manifiesto de la Cocina Futurista”.

“¡Enviaremos los rayos de nuestro sol a las guaridas de vuestras cocinas y la oscuridad se desvanecerá! ¡Volcaremos vuestras mesas de bufé! ¡Derribaremos vuestros hornos! ¡Arrojaremos al río vuestros pasteles infestados de peste y vuestros frascos llenos de pus!”

La Primera Guerra Mundial y la muerte de Jules en ella truncaron la idea, pero Marinetti retomó los principios de la nueva cocina unos años después para, según cuenta, improvisar una cena a base de aeroesculturas comestibles que elevara el ánimo de su amigo Giulio Onesti, quien amenazaba con suicidarse tras la trágica pérdida de su amada.

Esa, y otras comidas similares, le llevaron a redactar en connivencia con Luigi Colombo “Fillìa” un renovado Manifesto della cucina futurista que fue publicado en la Gazzeta del Popolo de Turín el 28 de diciembre de 1930.

Allí se exponían propuestas como la eliminación de la cubertería y el uso de música y perfumes para, además de presentar cada plato, crear un ambiente armónico que integrara la mesa, la decoración, el sabor y el color de los platos. A eso se añadirían máquinas de ozono, lamparas ultravioleta, molinillos coloidales o alambiques destiladores, capaces de construir las recetas más complejas y sugerentes:

“La creación de bocados simultáneos y cambiantes que contengan diez, veinte sabores para probar en algunos instantes. Estos bocados tendrán, en la cocina futurista, la función de am­plificación por analogía que tienen las imágenes en la literatura. Un bocado podrá resumir todo un capítulo de una vida, el desarrollo de una pa­sión amorosa, o un viaje por Extremo Oriente.”

El siguiente paso de Marinetti y sus compinches para revolucionar las cocinas fue ponerse en contacto con Angelo Giachino, quien regentaba un restaurante en Turín. Trabajaron codo con codo, sumando la participación de arquitectos y decoradores, para transformarlo por completo y reabrirlo, el 8 de marzo de 1931, con el nombre de Taverna de Santopalato, la Taberna del Santo Paladar.

Con muebles de acero y paredes de aluminio donde colgaban aeropinturas hechas para la ocasión, el restaurante propuso un menú de catorce platos para treinta comensales con la asistencia de dos de los cocineros habituales del establecimiento, Piccinelli y Burdese.

 

Entre las recetas servidas ese día (aunque ellos preferían el término “fórmulas”) estaba el Carneplastico, un gran cilindro vertical de carne de ternera rellena de verduras hervidas, sostenido en su base con un anillo de butifarras y tres bolas doradas de carne de pollo.

Marinetti aportó el PolloFiat, un pollo asado relleno de crema pastelera al vino tinto. El plato se completaba con pequeños dulces esféricos y plateados a modo de rodamientos y varias crestas de pollo.

Otro plato, la Aeroviandarizaba el rizo. Porque invitaba a comer con una mano las viandas (aceituna, fruta e hinojo) mientras con la otra se acariciaban satén, terciopelo y papel de lija, al tiempo que sonaba música de Wagner y el aire se impregnaba de perfume. Lo que hoy llamaríamos una experiencia inmersiva.

 

Aspecto del salón metálico de la Taverna de Santopalato.

Animados por aquella cena y otras veladas similares, Marinetti y Fillìa publicaron apenas unos meses después un recetario de cocina en el que aparecían platos de ese primer menú, como el aportado por Marisa Mori con el nombre Pechugas italianas al sol y que consistía en dos medias esferas de pasta de almendras, con una fresa en el centro de cada una y pimienta negra. Pero también muchas otras como El Cerdo Emocionado, Electricidad atmosférica confitada, el Dolcelastico o el Aeropuerto picante.

Tras la purga del sector anarquista, el movimiento de la velocidad y la modernidad se sumó entusiasta al ascenso de Mussolini y el fascismo, aunque la revolución artística y la apuesta por extraños ingredientes y novedosas técnicas provocó más de un roce con la Italia de su tiempo.

Un ejemplo fue el silencio del régimen ante los ataques nazis al llamado arte degenerado, una falta de apoyo que no sentó nada bien a MarinettiTambién fueron objeto de burla por muchos gastrónomos y críticos que salían echando pestes de aquellos platos imposibles y el movimiento creó polémica incluso en sus propias filas (aunque aquí en total sintonía con Mussolini) al renegar del uso de toda forma de pasta.

Pese a las reticencias de los futuristas de Liguria, que pedían salvar del anatema al menos a los raviolis, el grueso de los artistas del grupo abogó por extirpar radicalmente la pasta de la dieta del país para fomentar en su lugar el arroz, tal y como proponía la agenda autárquica del Duce por motivos económicos.

Cartel italiano de una campaña animando a consumir arroz.

Esas campañas eran una afrenta, casi un sacrilegio, para cualquier italiano de bien, así que comer pasta cuando, durante la guerra, la economía doméstica lo permitía se convirtió en una cuestión de identidad y, de paso, también en una declaración de antifascismo, casi tanto como entonar el Bella Ciao.

Para Marinetti, en cambio, la “materialidad del atracón” a base de espaguetis o farfalle era una aberración y la causa de que sus compatriotas desarrollaran el “típico escepticismo irónico y sentimental que a menudo frena su entusiasmo”, aunque yo no acabo de ver el problema en ser un poco escéptico, irónico y sentimental, la verdad.

Marinetti y su bigotillo rodeados de futuristas y cocineros en la Taverna Santopalao.