Ida Reyer se resiste a ver la entrada triunfal de Napoleón en Viena. Es solo una niña de doce años, pero odia al corso que ha humillado en dos ocasiones a la monarquía austríaca y, aunque su madre la sujeta con fuerza para que contemple el desfile, Ida se rebela y cierra los ojos al paso del emperador extranjero.
Es un berrinche infantil, pero también un síntoma de su personalidad. Muchos años después, ese carácter llevó a Ida a no dejarse llevar por los demás y cumplir su sueño de conocer mundo. No contenta con darle la vuelta una vez, lo hizo en dos ocasiones. Y todo en una época, mediados del siglo XIX, en la que ni abundaban ni eran bien vistas las viajeras solitarias, así que la historia de hoy es la de una pionera y veterana mochilera.

El padre de Ida la educó como al resto de sus cinco hermanos varones. Vestía como ellos y disfrutaba más del ejercicio físico que de las muñecas. Pero el padre murió y su viuda, además de llevarla a paradas militares, decidió que debía convertirse en una dama, lo que implicaba vestidos apropiados, aprender piano y dar clases de costura. Como no estaba por la labor, llegó a quemarse las yemas de los dedos con cera para escaquearse de las lecciones. Prefería la compañía de los libros de viajes de la biblioteca familiar y, más adelante, la de un joven tutor de quien se enamoró.
Despedido fulminantemente el galán, Ida fue entregada en matrimonio a un abogado viudo que le sacaba veinticinco años. Ella le dio dos hijos y él le dio su apellido (Pfeiffer) y un disgusto, pues sus denuncias contra la corrupción le hicieron caer en desgracia y el ostracismo social le arruinó. Para escapar de la pobreza, acordaron separarse: el marido se fue a vivir con un hijo de un matrimonio anterior y ella regresó al hogar familiar para hacer malabares con el poco dinero que ganaba dando clases de dibujo y música.
Cundo los hijos ya estuvieron criados, y con la pequeña herencia que le legó su madre, Ida Pfeiffer se dijo que ya estaba bien de sufrir en silencio y anunció que se iba a dar un capricho, un viajecito. Que una señora con 45 años de los de entonces hiciera testamento y partiera a recorrer el mundo sin guía ni acompañantes fue poco menos que un escándalo.
Quizás para mitigar el impacto en la familia, camufló esas ansias de viajar con la excusa de la espiritualidad de una repentina devota que desea peregrinar a Tierra Santa. Salió de casa, navegó por el Danubio, cruzó el Mar Negro y se adentró en Líbano y Egipto sin ningún temor.
Iba cargada de energía y también de un pesado baúl lleno de racismo y prejuicios occidentales, aunque no muy distintos de los que portaban consigo los turistas del XIX que acuñaron la idea del “exotismo” oriental o de esos europeos que recorrieron España y el Mediterráneo saltando como ardillas de tópico en tópico.

Al regresar, su diario de viaje llegó a manos de un editor que vio potencial en aquellos apuntes, un poco desabridos pero sinceros y directos, como la descripción con la que despacha la visita a Beirut:
“El calor agobiante, la tierra seca y baldía por la falta de agua, y perros vagabundos por todas partes.”
El Viaje de una vienesa a Tierra Santa se publicó -sin su firma- en 1843 y fue un éxito instantáneo.
Con el dinero del aquel libro se pagó una nueva expedición en 1845, esta vez a Islandia y Escandinavia. Mezcló la aventura de escalar el volcán Hekla, la “puerta del Infierno”, con más notas críticas en su diario en las que cuenta, por ejemplo, que los paisanos eran rudos y la comida islandesa, aburrida. Allí nació su interés por la Ciencia, recogiendo plantas y minerales con idea de venderlos a museos como el de Historia Natural de Viena.
Al año siguiente emprendió la vuelta al mundo. Zarpó hacia Brasil en un velero para dejar constancia de lo sucia que era Río de Janeiro, sin que nada pudiera compensar “los horribles y asquerosos espectáculos que se encuentran en todas partes ante la vista.”
“La gente que uno encuentra es verdaderamente impactante: casi todos son negros y negras, con narices chatas y feas, labios gruesos y pelo corto y lanudo. Además, suelen ir medio desnudos, con solo unos pocos trapos miserables sobre sus espaldas.”
Decidió adentrarse en la selva, donde tuvo un encontronazo con un asaltante al que hizo huir a sombrillazos. Tras cruzar el Cabo de Hornos en medio de fuertes tormentas, visitó Tahití, China (donde se disfrazó de hombre para acceder a lugares prohibidos a las mujeres) y atravesó la India con un poco de arroz y un puñado de sal por todo alimento.
Se unió luego a una caravana para cruzar el desierto persa y llegar hasta Rusia, donde fue detenida y acusada de espionaje. En descargo de las autoridades rusas, las peripecias que contaba aquella señora menuda y algo arrogante eran difíciles de creer.

De vuelta a casa y con un nuevo libro, Una mujer alrededor del mundo, vendiéndose como rosquillas, Ida se convirtió en una celebridad internacional.
Su segunda vuelta al mundo se inició en Sudáfrica. La siguiente parada fue Singapur y luego se internó en el corazón de Borneo para visitar a los dayaks, un pueblo de cazadores de cabezas. Contra todo pronóstico, a estos indígenas los encontró “honestos y modestos”, cuestionando si los occidentales no eran en el fondo más salvajes que ellos.
Pasó a Sumatra para localizar a los batak, una tribu caníbal nunca antes visitada por europeos. Cuando rodearon a la viajera y empezaron a hacer gestos dando a entender que iba a ser su menú del día, se cuenta que Pfeiffer chapurreó en el idioma local algo así como “miradme, soy demasiado vieja y mi carne está dura”. Los caníbales quedaron sorprendidos ante aquella salida y la dejaron marchar. Fue la primera persona en documentar las costumbres de la tribu y vivir para contarlo.

A las habilidades como naturalista añadió esos primeros pinitos como antropóloga y también el estudio de la daguerrotipia, la técnica fotográfica de moda en aquellos años, lo que aumentó sus fuentes de ingresos y su prestigio científico. Fue elegida miembro de las Sociedades Geográficas de Berlín y París, mientras la Royal Geographical Society de Londres le cerraba las puertas por el hecho de ser mujer.
Pero la hemos dejado a mitad de camino en la vuelta al globo. Tras su periplo por el Pacífico, Pfeiffer desembarcó en San Francisco en septiembre de 1853, en plena fiebre del oro en California. Tras recorrer varios asentamientos mineros, se dirigió a Sudamérica para explorar los Andes antes de regresar a Estados Unidos a través de Panamá. Fue testigo de la compraventa de esclavos en Nueva Orleans y navegó por el Misisipi en ruta hacia Chicago, las cataratas del Niágara y Nueva York, para regresar a Europa desde Boston.
No paró mucho en casa. Su última gran aventura tuvo como escenario Madagascar. La isla estaba gobernada por una reina de nombre Rabodoandrianampoinimerina, Ranavalona I para los amigos, quien llegó al trono tras exterminar a todo posible competidor.

Pese al odio que profesaba a los extranjeros, Ida Pfeiffer pudo entrar en el país, pero se vio envuelta en un complot para derrocar a la reina y fue expulsada y obligada a marchar durante cincuenta y tres días a través de terrenos pantanosos. Aunque logró salir de la isla y regresar a Viena, las fiebres tropicales acabaron con su vida a los sesenta años, tras recorrer cientos de miles de kilómetros.