
El programa CHAPEA de la NASA consiste en una serie de misiones en las que simular el entorno de aislamiento que una hipotética tripulación habría de soportar en su camino y estancia en Marte. La primera de ellas confinó a cuatro voluntarios durante más de un año en unas instalaciones en Texas. Pero, además de los datos allí recabados, la agencia espacial rastrea información valiosa en otras experiencias similares del pasado, como la vivida por los miembros de la expedición belga a la Antártida entre 1897 y 1899.
¿Belgas en el Polo Sur? Pues sí, gracias a la cabezonería de Adrien de Gerlache, un joven enamorado del mar e indiferente a las muchas dificultades que le aguardaban antes de ganar gloria eterna como conquistador del continente austral.

Por citar solo algunos escollos, falta de fondos para equipar la expedición y comprar el ballenero de tres palos que les llevaría a su destino, motines de marineros pendencieros y poco profesionales, la muerte de dos compañeros durante el viaje (más la de un gato, arrojado por la borda), un cocinero que no sabía cocinar, escorbuto, una tripulación con problemas mentales, científicos y oficiales con sus propios intereses o explosivos que no explotaban. Ah, y otro pequeño inconveniente más: quedar atrapados en una capa de hielo flotante, una inestable banquisa, durante la interminable noche polar.
Y eso que la aventura no comenzó con mal pie. Conseguido el dinero para arrancar a base de microdonaciones, Gerlache vio como a la expedición se sumaban dos valiosos integrantes que serían mundialmente famosos años después.
Uno era el doctor Frederick Cook, quien se atribuiría en pugna con Robert Peary el honor de ser el primero en hollar el Polo Norte (ambos falsamente, al parecer). El segundo era un jovencísimo Roald Amundsen, el primer humano en llegar al Polo Norte (en un dirigible) y al Polo Sur, además de descubrir el paso del Noroeste, entre otras hazañas. Así que reinaba el buen ánimo cuando festejaron el paso del Ecuador, o eso al menos se desprende de las fotos del aquel momento.

El plan era alcanzar el polo sur magnético y recopilar muestras de interés científico, para lo que contaba con el geólogo polaco Henryk Arctowski y el biólogo rumano Emil Racovita. Pero el retraso que se fue acumulando sobre el calendario previsto hizo que el capitán tuviera que decidir entre volver a casa -y renunciar a la gloria- o seguir rumbo al sur con la casi seguridad de quedar varados en el hielo durante, al menos, los seis meses de la noche polar. Y eso siempre que un iceberg no destrozara antes el RV Belgica.
Contra el criterio de casi todos, Gerlache decidió seguir hasta, efectivamente, ser detenidos y atrapados por el hielo. Ese día no estaba con ánimos para dar muchos detalles en la bitácora de a bordo:
“Todas las velas desplegadas. El barco no se mueve”.
Ni palante ni patrás. Inmovilizados durante casi un año, puede que a la NASA le interesen detalles curiosos de esa larga estancia en el desierto helado, como que los marineros se hartaron de la blanda textura de la comida de lata y pronto echaron de menos masticar alimentos crujientes.
El panorama era desalentador. Pocas horas de luz, días monótonos que alimentaban el mal humor y el aburrimiento y frío, mucho frío. El doctor Cook intuyó que la falta de luz solar estaba detrás de los problemas físicos y mentales que empezó a padecer la tripulación: latidos cardíacos irregulares, hipotiroidismo y fatiga, mezclados con arrebatos de ira, mutismo o ataques de ansiedad por el miedo a morir.
Llamó “anemia polar” a lo que ahora se denomina “winter-over syndrome” o síndrome de hibernación. Y se le ocurrió combatirla obligando a sus compañeros a desnudarse para tomar baños de calor frente a una fogata y a dar caminatas diarias alrededor del barco, un hábito que bautizaron como “el paseo de los locos”.

Cook también se convirtió en amigo, confesor y psicólogo del grupo. Animaba las interminables veladas, organizaba juegos, prescribía noches de música y, además, era incansable proponiendo planes, sobre todo para probar la eficacia de algunos de sus inventos: trajes de piel contra el frío, una tienda de campaña cónica, un trineo movido por el viento…
Cuando la ausencia de vitaminas en la comida enlatada provocó la aparición de los primeros casos de escorbuto, Cook tiró de la provisión de zumo de lima que portaban. Pero, oxidado durante el viaje, aquel remedio no surtía ningún efecto, así que propuso añadir a la dieta diaria trozos de carne de foca o pingüino poco hecha. El capitán no quería ni probarla y el resto lo hizo entre arcadas. Todos encontraban repugnante el sabor y el olor de aquella carne. Todos menos el gigante noruego Amundsen, a quien le encantaba, preferiblemente cruda.

Ni la comida ni el aislamiento le incomodaban. Infatigable y capaz de adaptarse a cualquier situación, Amundsen pasaba noches enteras enterrado en el hielo para admirar el cielo austral, escalaba icebergs, recorría la banquisa de punta a punta por el mero placer de hacerlo y asumía sin rechistar cualquier esfuerzo físico que se le encomendara.
Medidas desesperadas
Los meses pasaban y el tiempo no tenía pinta de mejorar. Ante la posibilidad de tener que pasar atrapados un segundo año, Gerlache ordenó excavar un canal en el hielo para llevar el RV Belgica hasta el mar abierto, a casi un kilómetro de distancia. Estamos hablando de remover cientos de toneladas de hielo a base de pico y pala. Una tarea que se demostró imposible, porque lo que despejaban cada jornada se congelaba de nuevo en cuestión de horas.

Así que probaron con explosivos. Resultó que los almacenados en la bodega, al igual que las mechas, estaban mojados y era casi inservibles. Aquello no explotaba, a lo sumo ardía hasta consumirse, arañando apenas la superficie helada.
Pero, en un inesperado golpe de suerte, la banquisa se quebró liberando el barco y ante ellos se abrió un estrecho corredor de agua. Tras sortear los enormes bloques de hielo flotantes que les rodeaban, alcanzaron mar abierto.Era hora de regresar a casa, casi dos años después de su partida.
Un rumano en el Polo Sur
La peripecia de aquella expedición está documentada desde muchos puntos de vista, pues once tripulantes publicaron sus recuerdos del viaje. Ese es el material que utiliza Julian Sancton para su libro “Un manicomio en el fin del mundo”. También de uno de esos diarios, el del rumano Emil Racovita, se nutre la exposición que el Museo Nacional de Historia de Transilvania dedica en Cluj a la gesta, con hincapié en los descubrimientos científicos de su compatriota.

Durante el viaje recogió muestras de miles de especies de plantas, animales, hongos, algas y diatomeas, de las cuales más de un centenar eran desconocidas. Entre sus hallazgos, la planta con flor que crece más al sur del planeta, Deschampsia antarctica, o el animal terrestre más grande de aquel continente, un mosquito incapaz de volar al que se llamó Belgica antarctica. También microorganismos, como varias clases de ácaros y tardígrados, capaces de vivir en condiciones extremas en la Tierra y, como demostró la NASA, incluso en el espacio.
Un trabajador tenaz y meticuloso que guardó y clasificó una ingente cantidad de material. Pero, en cuanto colgaba la bata, Racovita se transformaba en uno de los tripulantes más gamberros y juerguistas de la expedición.

Siempre dispuesto a levantar la moral a base de chistes, llegó a crear la portada de un supuesto periódico belga con noticias absurdas, The Ladysless South (El sur sin mujeres), y dibujaba con frecuencia caricaturas a lápiz de un humor infantil, absurdo y escatológico con su colega Arctowski en el papel de víctima recurrente.
Ese puñado de dibujos es en sí mismo otro diario del confinamiento y el testimonio de los esfuerzos que el científico hizo para levantar la moral y vencer a la desesperanza. Que se lo apunte la NASA: en caso de largos viajes espaciales, siempre hay que llevar un Racovita a bordo.

