Carta excéntrica

Las dulces derrotas de Malabrocca

Dicen que “lo importante es participar”. Si, claro, seguro. Pero al final solo nos acordamos de quienes se llevan los honores y las medallas, así que no resulta raro que la competitividad se extreme. Todos quieren ser los campeones. O casi todos…

Luigi Malabrocca es un ciclista italiano memorable no por ganar, sino por todo lo contrario, por su asombrosa habilidad para conseguir llegar el último a la meta. Y, por supuesto, es esa cualidad la que ha hecho saltar el radar excéntrico. Vamos al lío.

El Giro de Italia fue un invento de la Gazzetta dello Sport, el diario deportivo que destaca en los kioscos por sus páginas de color rosa. Y, sí, efectivamente, por eso el maillot del primer clasificado es rosa. 

Con el paso de las ediciones, ampliaron la paleta para premiar también al mejor en la montaña, al ciclista revelación, a la regularidad, a quienes ganaban más etapas o más metas volantes. Maillots azules, blancos, rojos, verdes… Lo que viene siendo la serpiente multicolor.

Sucedió que, tras el obligado parón de la prueba por la Segunda Guerra Mundial, las cabezas pensantes del Giro decidieron añadir otra camiseta de colores: la negra. Con ella se identificaba al último clasificado, al peor de todos, ese que nadie querría ser.

El tono se eligió en recuerdo a un ciclista que participó con una camiseta de ese color como independiente, sin estar encuadrado en ningún equipo, y que se tuvo que despedir de la prueba después de haber sufrido todo tipo de percances, perseguido por una increíble mala suerte. Pero el color también remitía, aunque fuera de forma inconsciente, al de las camisas de los fascistas recién derrotados en la contienda mundial.

La idea tenía algo de señalamiento, de hacer notorio quién no estaba a la altura del resto del pelotón, y lo lógico era pensar que a nadie le gustaría verse en ese puesto. Una especie de estímulo perverso para escapar del oprobio público.

Pero resulta que la burla se tornó en conmiseración por el más débil. Entre los aficionados surgió la costumbre de dar ánimos al descolgado, ofrecerle agua o regalarle alguna que otra vianda en plena ruta. Y a todo ello -ojo al detalle- se acabó sumando un premio en metálico, como ocurría con el resto de quienes portaban maglias de colores.

Aquí es donde aparece Malabrocca. Un corredor que no era exactamente del montón, ya había ganado más de un centenar de pruebas en su carrera profesional, pero al que se le encendió la bombilla con eso del premio, el acceso directo que daba a otras competiciones del calendario ciclista y la fama que llevaba aparejada.

Se prometió que nada ni nadie le impediría ser el mejor de los peores y para ello empleó todo tipo de estratagemas.

Al principio, fingía dolencias repentinas, oportunos accidentes o averías de su bicicleta. Después descubrió que le caía muy simpático a la gente, así que en cuanto le daban pie para ello se detenía largo rato a pegar la hebra con los aficionados y, de paso, perder algo de tiempo. Al final lo mismo compartía un vino con sus fans en cualquier bar del recorrido que se apartaba discretamente del resto del pelotón para echar una siesta camino de la meta. 

Cuanta la leyenda que en cierta ocasión un granjero le encontró dormido en su propiedad y le preguntó qué demonios hacia allí. La respuesta de Luigi fue algo así como “¿Yo?, estoy corriendo el Giro”.

Contra todo pronóstico, el apestado de la prueba se convirtió en un héroe popular. La mayoría le consideraba un pícaro ingenioso y bienhumorado. Un tipo simpático y cordial que siempre tenía palabras amables para quien se le acercaba y al que parecía no molestar que le tutearan o le pusieran apodos hoy tan políticamente incorrectos como el Chino por esos ojos almendrados que casi desaparecían al sonreír.

Un personaje peculiar, accesible, con carisma y que encarnaba sobre la bicicleta a los humildes, los que durante la oscura posguerra tenían que pelear cada día para salir adelante, buscándose la vida con ingenio y soportando con dignidad derrota tras derrota. Como Malabrocca.

Pero perder no era tan sencillo. En 1949 y tras dos “victorias” consecutivas, a Luigi le salió un serio competidor, el antagonista para una rivalidad tan reñida como la que mantenían en la cabeza del pelotón los míticos Coppi y Bartali por aquellos mismos años.

Se trataba de Sante Carollo. Un antiguo albañil que, también con mucho morro y triquiñuelas de todo tipo, amenazaba con quitarle el maillot negro.

En esa pugna por el último lugar estaban cuando, durante una etapa, Malabrocca decidió perder unos minutos extra escabulléndose para ir a almorzar con sus fans. Charlando de pesca, su hobby favorito, se le fue el santo al cielo y llegó a la meta muy, muy tarde. Demasiado tarde.

Tanto que los jueces ya se habían ido a casa, poniendo fin a esa jornada de la competición. Así que descalificaron a Malabrocca, dándole el mismo tiempo que al resto del pelotón, mientras Carollo quedaba registrado en el acta como el último en pasar por meta de manera ortodoxa. Luigi se enfadó con la organización y colgó la bicicleta.

A ver, si lo piensas bien, podría decirse que aquel duelo fue el culmen de la carrera de nuestro héroe: logró perder incluso frente al último.

El caso es que en 1951 el Giro eliminó la maglia nera por vergüenza torera y también porque el tema perdió mucho interés para el público desde que el carismático Malabrocca anunciara el abandono de la ronda italiana.

Eso no le impidió participar en otras pruebas ciclistas, pero ya en calidad de estrella invitada, como celebrity. Para completar el sueldo, iba tirando con lo que sacaba de algún patrocinio privado por allí o algún contrato para publicidad por allá. 

No era lo mismo que en los buenos tiempos, claro. Pero, a diferencia de otros ex corredores, su figura nunca cayó en el olvido. Siguió siendo durante toda su vida un personaje famoso y querido.

Hay una marca de cerveza con su nombre, también inspiró una obra de teatro y hasta se publicó un cómic donde se homenajea la filosofía de Malabrocca: la verdadera victoria no se cifra en llegar el primero, sino en saber disfrutar del camino.