Carta excéntrica

Sellos de otro mundo

En tiempos donde apenas sobrevive el correo postal y el que aun existe se franquea con etiquetas, lo de pasar las largas tardes veraniegas de la infancia catalogando sellos en un álbum, como que ya no estila.

Pero cuando Donald Evans contaba pocos años, en los cincuenta del pasado siglo, coleccionar sellos era una afición bastante extendida. En compañía de un buen amigo, Donald acostumbraba a echar el rato dibujando pueblos y ciudades imaginarias pobladas por peculiares habitantes que vivían en ricos palacios y edificios. Y ese pasatiempo le llevó a la filatelia.

Para dar más realismo a la ficción, se puso a diseñar pacientemente los sellos de los países de esa fantástica geografía. Cuando se aburrió de la tarea, los recopiló todos en un álbum que puso en un cajón, el cajón donde archivar la memoria de sus juegos infantiles.

Ya bastante más crecidito, convertido en un joven arquitecto con ganas de hacer carrera, se mudó de Estados Unidos a Países Bajos. Llevaba consigo el viejo álbum, ese que solo conocían algunos familiares y amigos íntimos. Y decidió retomar de nuevo el hobby infantil:

¨Mis primeros sellos fueron diseñados para varios países imaginarios con nombres de amigos holandeses y también de Achterdijk. Un comerciante de Ámsterdam se ofreció a venderlos, lo que me animó a hacer más”.

Siempre con el mismo pincel y con una paleta de acuarelas de colores apagados, tan desvaídos como los de los sellos decimonónicos, Donald inventó el servicio postal de cuarenta y dos países inexistentes, dibujando las playas tropicales de Amis y Amants, estampas de Katibo, paisajes de Adjudani, los cielos de la isla First Love o los molinos de Nadorp.

En apenas seis años, diseño 4.000 sellos a los que -bien como añadido irónico o simplemente para disimular algún fallo- sobreponía en ocasiones la impresión de un matasellos también artesanal, tallado en una goma de borrar.

Estados ficticios y tierras imaginarias surgían, a modo de diario íntimo en color, de paseos, de encuentros con los amigos o como reflejo de su estado de ánimo, transformando todo ello en naciones a las que dotaba de historia, geografía, moneda y hasta vestimenta tradicional. 

Países como Barcentrum, inspirado en un local de copas que frecuentaba en Amsterdam, o Mangiarte, del que nos dice que era un bucólico enclave invadido durante la Segunda Guerra Mundial por el ejército de Antipasto.

Los temas y motivos fueron evolucionando con el tiempo. Evans advirtió que «cuanto más hago, más loco y más minúsculo se vuelve el detalle y más similares a un sello postal se convierten. Y eso me intriga…».

Bajo sus mínimas acuarelas empezaron a latir, además de las vivencias cotidianas del artista, las contradicciones de su época.

Porque en los años setenta se suceden los procesos de descolonización, y muchos diseños de Evans pueden leerse como una mirada reflexiva y crítica sobre las grandes potencias occidentales.

Un remedo poético donde se recrea cómo los estados coloniales (a través de algo tan aparentemente inocente como los sellos) fijaron imágenes estereotipadas de los países que dominaron.

El 29 de abril de 1977, un incendio en el edificio donde residía sorprendió a Evans mientras se encontraba en las escaleras. Y allí mismo murió, atrapado por las llamas.

Uno de nuestros excéntricos de cabecera, Bruce Chatwin -escritor, viajero y rendido fan de su trabajo- le rindió homenaje participando en el prólogo y en el proceso de publicación del “Catalogo del Mundo” que Evans dejó a su muerte:

“No puedo pensar en otro artista que expresara de manera más sucinta y hermosa las mejores aspiraciones de esos años: la huida de la guerra y la máquina; el ascetismo; la inquietud nómada; el anhelo de tierras sensuales y misteriosas; el retiro de las obsesiones públicas a las privadas, de lo grande y ruidoso a lo pequeño y silencioso».