La medalla de oro a los Juegos más bizarros de la historia podría otorgarse, sin mucho debate, a los de San Luis de 1904, la tercera cita olímpica de la era moderna tras las de Atenas y París.
Por varias razones. Por ejemplo, que tenían que haberse celebrado en Chicago pero en San Luis había una Feria Universal y Roosevelt (Theodore) cambió la sede. El plan B hizo que los Juegos duraran la friolera de cuatro meses. Y eso que sólo acudió medio centenar de atletas de fuera de los Estados Unidos.
Además, la cita se abrió con los llamados Anthropology Days, que consistían en una bochornosa exhibición paralela de atletas de razas supuestamente inferiores que no competían de forma oficial y a quienes hicieron disparar flechas, subirse a los árboles y cosas así.

A la barbaridad racista se sumó la disputa de una maratón en pleno verano, sin puntos de hidratación, por carreteras y caminos de tierra y con una sensación térmica de 50 grados.
En esa prueba se descalificó al ganador por hacer parte del trayecto subido a un coche; otros competidores sufrieron desmayos, persecuciones por perros e incluso envenenamientos accidentales.
Un cartero cubano llegado a San Luis en autostop, en camisa y con sus pantalones de vestir recortados, estuvo a punto de dar la sorpresa, pero le retrasó el capricho de echarse una siesta a mitad de recorrido.

En fin, todo eso ya lo conté en otra parte y no vale repetirse, así que hoy nos vamos a centrar en las pruebas de natación. O algo así.
En concreto, en una especialidad llamada plunge for distance, que podría traducirse como salto o zambullida en distancia. La cosa, para evitar llamarla deporte, consistía en colocarse sobre una plataforma de medio metro de altura al borde del agua y lanzarse desde allí.
Ya está.
En serio. Prohibido todo movimiento de brazos o piernas, el ganador era quien llegara más lejos sin sacar la cabeza del agua o tras 60 segundos de inmersión, lo que ocurriera antes.

Los “nadadores” no podían mover ni un músculo, solo dejarse llevar cual iceberg humano durante un interminable minuto. Hasta sus defensores reconocían que este deporte muy vistoso y emocionante, no era.
Total, que entre los bostezos del público, el cinco de septiembre de 1904 cinco participantes compitieron por la gloria. William Dickey -quizás ayudado por la corriente, pues la prueba se celebró al aire libre en un lago artificial en Forest Park– se llevó el triunfo con una marca de 19 metros.
Un registro que, como la disciplina no volvió nunca más a unos Juegos, sigue siendo récord olímpico.🥇

El récord mundial, sin embargo, lo ostenta desde 1933 Frank Parrington, con una distancia de 86 pies y 8 pulgadas, que vienen a ser casi 26 metros y medio.
Frank era un sargento de policía de Liverpool que murió joven, a los 42 años, en un bombardeo aéreo durante la Segunda Guerra Mundial.
A pesar de su profesión, que en teoría requiere buena forma, y de vencer hasta en once ocasiones el campeonato amateur local, ni su constitución física ni la del recordman olímpico encajan del todo con el arquetipo de nadador profesional que hoy se nos vendría a la cabeza.

Parrington era un tipo bastante grande y con evidente barriga, igual que un apreciable porcentaje de figuras de esta disciplina. Como siempre hay gente a la que le gusta mucho criticar, hubo quien apuntó que tanta cantidad de grasa corporal sin duda contribuye a la flotación y, por consiguiente, que el sobrepeso les otorgaba una injusta ventaja.
Lo que no deja de ser un clarísimo caso de gordofobia capaz de revolver en su tumba el cuerpo no normativo de Frank. Porque, a ver, que yo sepa nadie se ha quejado nunca ante el Comité Olímpico Internacional de que los jugadores de baloncesto sean muy altos, ¿verdad? Pues eso.
