
Cada momento histórico genera su propia estética y la Revolución Francesa enarboló como estilo diferenciador la pureza de líneas del neoclasicismo frente al rococó sensual y recargado de la monarquía versallesca.
Su visión de la arquitectura y la obra pública apostó por la Razón y por las virtudes cívicas como motivos en los que inspirarse, volviendo los ojos a las antiguas democracias de Grecia y de la Roma republicana, según la receta del evangelista y “padre espiritual” del neoclasicismo, Johann Winckelmann:
“La única manera para que lleguemos a ser grandes o, si esto es posible, inimitables, es imitar a los antiguos”.
París no era entonces la ciudad que hoy presume en la retransmisión de los Juegos Olímpicos de imponentes monumentos y amplísimas avenidas flanqueadas por ostentosos edificios burgueses. Más bien un enrevesado laberinto medieval de estrechas callejuelas y casas de madera.

Aunque el Directorio revolucionario no tuvo tiempo suficiente para plasmar su ideal artístico en la arquitectura pública, dejó como legado muchos proyectos, buena parte de ellos nacidos de la imaginación del arquitecto Étienne-Louis Boullée.
Pero allí, en su cabeza, quedó la mayoría de ellos.
Y no porque fuera un soñador o un ingenuo. Sabía que muchos de aquellos planos no pasarían el filtro de la aprobación administrativa. Eran pura investigación formal. Boullée creía en el valor artístico de la arquitectura y la separaba del hecho, a su juicio meramente técnico, de construir estructuras y edificios.

Algunos ejemplos de edificios nonatos son el Palacio Nacional, que se imaginaba adornado con tablillas gigantes de los leyes constitucionales; el de Justicia, que simbólicamente debía ser construido sobre una prisión, o el Municipal, con varias entradas y galerías para que fuera abierto y accesible a la ciudadanía.
También hizo los primeros diseños para el Cenotafio de Newton, un monumento de enormes volúmenes que jugaría con los cambios de iluminación entre el día y la noche. Y la lista de propuestas sigue: el Coliseo, el Templo de la Curiosidad, el dedicado al culto del Ser Supremo…


Una producción ingente, decenas de ideas lanzadas al futuro, aunque casi nada pasó de la mesa de dibujo de este visionario a las calles de París.
Además de las meras razones prácticas y presupuestarias, el Directorio tenía sus días contados. Como ocurrió en Roma (bueno, y también en la Guerra de las Galaxias), la joven República acabó dando paso al Imperio.
Serían los Bonaparte, mucho más prácticos, quienes cambiaran el estilo y la faz de París. En especial en tiempos de Napoleón III, gracias al plan Haussmann para reordenar la ciudad.
Con el consiguiente pelotazo urbanístico, todo sea dicho.
