
¿Te he dicho ya lo de “Bajo el volcán”? La lectura de la novela de Malcolm Lowry se ha convertido en un rito de -casi- todos los veranos. ¿Por qué?, dices mientras clavas en mi carta tu pupila azul.
Pues, para empezar, por lo bien que funciona como un melodrama clásico en el que vivimos el Día de los Muertos de 1938 siguiendo las peripecias de Geoffrey Firmin, un alcoholizado excónsul británico que se resiste a abandonar una imaginaria localidad de México.
A la sombra de dos amenazadores volcanes, recibe las visitas de su hermano y de su exmujer, decidida a salvar un matrimonio que naufragó en mezcal. Así lo cuenta la, por otro lado bastante tópica, versión cinematográfica de John Houston.
Pero el libro es mucho más complejo. Cada párrafo, pulido a conciencia por Lowry durante una década, condensa una enorme cantidad de información.
Los diálogos y monólogos interiores revelan antiguos secretos de los protagonistas. Frases, personajes y escenas se repiten, resuenan o riman entre ellas en un juego de espejos y referencias cruzadas con la propia novela y con otros textos clásicos.
Es además una tragedia, un enredo de espías, un ensayo filosófico y una divina comedia que enlaza pasado y presente en la fecha donde se conectan el mundo de los vivos y el de los espíritus.
Habla del alcoholismo, de la imposibilidad de reconstruir los amores rotos, de la guerra mundial que se presagiaba, de la pérdida de referencias morales, de la atracción del abismo, de la autodestrucción…
Son doce capítulos donde se reescriben mitos como los de Prometeo, Ixión o Fausto, donde los personajes secundarios, los animales, los carteles callejeros, el paisaje y hasta los cambios del tiempo están llenos de significado, evidente o simbólico.
En fin, como en un videojuego de plataformas, cada lectura desbloquea el acceso a otro círculo del descenso a los infiernos de Firmin, a más capas de ese magma, solo aparentemente dormido, que bulle en el vientre del volcán.
