Carta excéntrica

Amigo Félix

Félix Rodríguez de la Fuente transcendió los límites de la figura del naturalista o el divulgador. Con su carisma, el lirismo de una prosa que mezclaba la jerga científica con el habla del terruño y esa prosodia tan característica que le hacía reconocible a la primera frase, la persona se fue transformando en personaje y, finalmente, en mito.

Porque fue una conmoción nacional la noticia de su muerte, del accidente de helicóptero en la remota soledad de los bosques de Alaska, un final digno de un aventurero de novela de Jack London.  En mi colegio, como probablemente en muchos otros, se hicieron dibujos en cartulinas para llevarlas -.a modo de homenaje y condolencias.- a su casa familiar, que nos quedaba casi a tiro de piedra.

Todo lo que tocaba se convertía en éxito y, en el cenit de su carrera, la editorial Marín lanzó en 1978 y a cien pesetas por número sus «Cuadernos de campo».  Al frente del producto estaba otro gigante del conservacionismo, Joaquín Araújo, encargado de coordinar los monográficos dedicados a distintas especies. Por supuesto, «queridos amigos de la fauna ibérica», no podía falta el animal totémico de Félix: el lobo.