
Unión y hermandad. Ese lema del mariscal Tito fue la referencia para erigir centenares de spomenici (monumentos en serbocroata) destinados a adornar ciudades y parajes naturales a lo largo de todas las repúblicas de la antigua Yugoslavia desde la década de los sesenta y hasta su disolución.
La idea era que rindieran homenaje a la lucha antifascista y la gloria de los partisanos, que simbolizaran la paz y la cooperación entre los pueblos de la Federación y que apelaran a un feliz futuro en común.

Las propuestas nacían de comités locales y eran decididas en concurso público. Contra todo pronóstico, pronto empezaron a seleccionarse diseños de jóvenes escultores y arquitectos nada convencionales.
Muchos proyectos se alejaban de la ortodoxia realista y viraban hacia el minimalismo, la abstracción y otras corrientes artísticas del momento, hasta cristalizar en una especie de “brutalismo pop”. Un mix de hormigón y ciencia ficción.

El resultado: miles de monumentos, esculturas y bustos que, tras la desintegración de Yugoslavia y las guerras entre sus antiguas repúblicas, han corrido distinta suerte.
Muchos han desaparecido, destruidos o expurgados. Los hay que permanecen inmutables a la vorágine y los cambios de las últimas décadas. Otros se han resignificado para hacer hincapié en el recuerdo de gestas locales o héroes nacionales y el resto sobrevive a duras penas, olvidados o en estado ruinoso.

